Aitaren Etxea nobelaren aurkezpena

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Datorren astezkenean, Arantxa Urretabizkaiaren laguntza izango dut “Aitaren etxea” nobela berria aurkezteko. Gonbidatuta zaudete.

 

Inventos

Me ha dicho Alazne que, aunque es pronto aún para cerrar el repaso del año, este 2019 lo va a recordar ella por dos descubrimientos que le están dando grandes alegrías. Me lo ha dicho con una sonrisa pícara. Según me dice, uno no tiene que ver con la mente, el intelecto; el otro con el cuerpo.
El primero es Traductor Automático Neuronal (Itzultzaile Neuronala) que se presentó recientemente. Se trata de un traductor creado a partir de Inteligencia Artificial y que gracias a las memorias de traducción recopiladas durante años, ofrece resultados de gran calidad. Según me cuenta eufórica, el día en que introdujo un párrafo en castellano y comprobó que lo traducía casi perfecto al euskera, comenzó a dar besos a la pantalla del ordenador. Cuánto tiempo y esfuerzo le iba a ahorrar ese invento.
Y en cuanto al otro descubrimiento… Alazne ríe. Y yo también, porque ya sé qué me va a decir. Me va a hablar de ello, del famoso aparato del que últimamente hablan todas. Sí, así es, Alazne también ha sido una de las tantas mujeres que este año ha descubierto el famoso succionador de clítoris. “Pero yo no me he comprado el chino ese que tienen todas eh?, sino el sueco, que es mucho mejor, vas a comparar…”, me dice al oído, guiñándome el ojo. Y reímos. Lo hacemos como cuando teníamos veinte años.
Cómo me alegra verla así. Y pienso en su satisfacción, merecida, pero también en la que tienen que sentir las personas que inventan algo para las demás. Las personas que pasan horas diseñando, probando, construyendo, estudiando, acertando y fallando, para sacar adelante un proyecto, un invento, una nueva creación que pueda dar alguna alegría a alguien.
¡La ciencia avanza que es una barbaridad!, me dice Alazne riéndose, antes de irse. Y pienso: joder, qué alegre le pone a esta el traductor neuronal. Habrá que probarlo.

Runner

Pues no te puedes quejar, hija. Con la suerte que tenéis ahora con vuestros maridos. No beben, no fuman y además hacen deporte… No como los de antes, que fumaban, bebían y llegaban todos los días tarde a casa del txikiteo. Es la respuesta que te ha dado tu madre por teléfono cuando te has quejado porque tu marido ha salido a correr por la tarde, justo cuando tienes que empezar con los baños de las mellizas, preparar la cena…  Desde que empezó con el triatlón sale todas las tardes.

Hoy también lo has visto salir con sus zapatillas de runner de último diseño y su nuevo reloj, que por el tamaño casi podría valer de reloj de pared, con GPS, pulsómetro, mapas ruteables, auriculares bluetooth inalámbricos y altímetro barométrico, entre otras prestaciones, tal y como te comentó orgulloso el día que se lo compró.

Y hoy, mientras sacas los platos limpios del lavavajillas, te preguntas si tienes derecho a quejarte, porque lo que hace tu marido desde que empezó con el triatlón es algo bueno, socialmente bien valorado… De qué te quejas si tu marido sólo hace deporte. Pero resulta que hace deporte de siete y media a diez. Justo cuando en casa tienes más trabajo con las niñas y preparando la cena y la comida para el día siguiente. Justamente falta el mismo tiempo que faltaba tu padre cuando después de trabajar iba a tomar unos vinos con los amigos.

Cuando has terminado de recoger todo y de acostar a las niñas, tu marido ha llegado con el pelo mojado y olor a gel de baño. Estoy muerta, le has dicho, y te has ido a la habitación pensando que, aunque afortunadamente las cosas han ido cambiando y muchos hombres asumen su responsabilidad también dentro de casa, todavía quedan algunos de aquellos hombres de los que habla tu madre. Son los nuevos txikiteros, solo que ahora en vez de joderse el hígado, sufren fascitis plantar.

Corazón de piedra

Cuántas veces has deseado tener un corazón de piedra. Un corazón blindado. Pero el tuyo es un corazón que roza todos sus órganos en cada latido. Un corazón que se arruga y que se expande como un acordeón, un corazón ligero, que vuela como una pluma al viento cuando presiente que roza la felicidad; y un corazón que siente que se le clavan alfileres cuando sufre por alguien o cuando lo tratan mal.

Siempre has pensado que es una desventaja. Que es más fácil vivir con un corazón de piedra, que siente y padece lo justo, que late siempre a un ritmo estable. Que el mundo está pensado para quienes llevan una roca bajo el pecho. Que les va mucho mejor: su falta de escrúpulos en muchos casos les lleva a alcanzar puestos de poder, su falta de sensibilidad les libra de sufrir por amor, su ausencia de dudas les ayuda a tener una buena valoración de sí mismos y de sus actos.

Pero hoy has empezado a cambiar de opinión tras leer una entrevista al poeta Antonio Gamoneda. Dice en ella que hay quien pretende comprender la poesía como se comprende el Boletín Oficial del Estado y que eso es imposible. Que no se puede intentar su comprensión lógica y lineal, porque la poesía es como un fruto, hay que experimentarla con los sentidos, para después intentar comprender lo que es. Y en ese momento has pensado que la vida es también algo difícil de comprender lógicamente, que la vida únicamente se puede experimentar y sentir. Y que los corazones de piedra sufren una discapacidad sentimental de tal calado que nunca descubrirán la belleza que se esconde en un suspiro nostálgico, ni la verdad de una voz entrecortada por la emoción, ni el fuego en el cruce de dos miradas, ni la paz que te hace sentir una sonrisa compartida. Que les irá mucho mejor en la vida, que tal vez sufran menos, pero que se irán de ella sin haberla experimentado, sin haberla degustado. En definitiva, sin comprender absolutamente nada.

Nudos

Mi amigo sabía hacer nudos marineros, no en vano provenía de una familia de pescadores. Defendía que era todo un arte y, realmente, daba gusto oírle hablar de los tipos de nudos. Me habló del As de guía, del Nudo de ocho, del Ballestrinque, del Franciscano, del Nudo llano… No hay como descubrir un mundo nuevo para ser consciente de cuantos mundos nuevos nos quedan por conocer. Un día me dijo que las relaciones entre personas son como los nudos. Comienzan con un contacto entre dos partes, como dos cuerdas que se tocan, y, poco a poco, con el roce diario, a medida que van conociéndose, comienzan a entrelazarse, suavemente. Primero de una manera sutil, como se enreda el lazo de un vestido: se reconocen las voces, la información que se esconde en cada tono… Más adelante, a medida que aumenta el contacto, las cuerdas van retorciéndose más y más, van entrelazándose creando nuevos dibujos: es cuando vamos conociendo mejor a esa persona, cuando sabemos cómo va reaccionar a lo que le digamos o qué palabra común nos va a hacer reír a ambos… Y aquí mi amigo detuvo el relato y tragó saliva. Seguidamente me dijo que llega un momento en el que las relaciones entre las personas se estrechan como un nudo marinero, y que el nudo se llega a apretar de tal manera que llegamos a darnos cuenta de que ya es imposible deshacerlo, por lo menos con las manos. Y ese es un momento maravilloso y terrible a la vez, me dijo. Maravilloso porque la fuerza del nudo es pura energía, porque las personas dan lo mejor de sí mismas cuando se reconocen de tan cerca; pero terrible al mismo tiempo, porque se es consciente de que de romperse esa relación se hará de un corte de tijera, y así desaparecerá el nudo, sí, pero se llevará consigo una parte de la cuerda, una parte de nuestro propio ser. Y tras decirme esto, recuerdo que se quedó mirando al infinito, tragando saliva.

Barba dura

¡Pica!, se ha quejado la niña cuando el hombre la ha besado en la mejilla. La barba de un día de su querido tío ha raspado su delicada piel como la lija. El tío se ha reído, bromeando, le ha dicho que sí, que los piratas como él tienen la barba dura, que pinchan como los erizos de mar. Jo, jo, jo. ​Pero en el fondo, se ha quedado con pena de no poder dar un beso a su sobrina, y, aunque no lo quiera reconocer, le ha dolido un poco su rechazo.

El hombre se ha pasado la mano por la barbilla y le ha parecido normal que la niña no quiera darle un beso. Es como pasarse un cabracho por la cara. Y ha pensado que no solo su sobrina, sino muchas otras personas, lo vean quizá así, como un hombre al que no se puede acariciar la cara, un hombre que no sirve para dar besos ni para rozar cariñosamente su mejilla con la de un ser querido. Su imagen, con esa barba dura, no la asocia nadie a un hombre suave, delicado, cariñoso, incluso débil como se siente muchas veces.

Porque lo que no saben es que bajo esa barba dura se esconde una piel muy suave, muy sensible, tanto que cada vez que se afeita se le irrita o se hace alguna herida. Una piel que se queja cuando le pasa la cuchilla y que anhela que la acaricien y la quieran.

Su sobrina le ha dicho que pica y se ha apartado. No es algo nuevo. También en la vida hay mujeres a las que ha querido que han acabado alejándose de él, no porque su barba picase, sino porque no ha sido capaz de mostrarles su piel suave, su parte vulnerable, su corazón desnudo. Siempre se ha visto obligado a mostrarse ante todo el mundo como un hombre seguro, valiente, incluso un poco canalla, porque le han contado desde pequeño que es lo que le corresponde; porque los piratas como él tienen la barba dura (jo, jo, jo), y junto a la saliva, tienen que tragarse todos los días erizos de mar, peces araña, cabrachos y sabirones. Así es como les pica en la garganta la ternura que no han aprendido a mostrar. 

Palabras

Borra lo que he dicho. Él terminaba muchas veces las frases así, como queriendo deshacer al instante lo que acababa de construir con las palabras. Como si fuera posible borrar las palabras una vez dichas. Como si las palabras de la vida real fueran tan etéreas y volátiles como las utilizadas en una campaña electoral. A ella se lo dijo muchas veces. Que borrara aquellas “palabras cursis” que se le escaparon un día y con las que se sintió demasiado desnudo y vulnerable, o que borrara aquellas otras horribles palabras que un día salieron como serpientes venenosas de su boca cuando tuvo aquel ataque de ira y celos. Bórralas, le insistía, y ella le respondía que sí, que no fuera pesado, que ya las había olvidado.  

Pero las palabras, una vez dichas, nos persiguen, sobrevuelan nuestras cabezas como buitres, esperando el mejor momento para volver a clavar sus garras y sus picos en nuestra piel desnuda. A veces su recuerdo nos inyecta gasolina en las venas y barniza con miel nuestra garganta. Pero otras veces, las palabras que un día fueron dichas nos atacan como un enjambre de abejas y no nos dejan ver más allá de un borrón negro en el aire, que nos ciega y nos envenena.

Las palabras que decimos en la vida van formando uno de esos grandes puzles de mil piezas que hay a quien le gusta encolar y colgar enmarcado en las paredes de su casa. Sólo que en este puzle no vemos paisajes idílicos de Canadá, ni panorámicas de Nueva York, sino nuestro propio reflejo, porque si somos algo, somos las palabras que hemos dicho y las que hemos callado. Por eso a veces al puzle le falta alguna pieza, que queda perdida bajo el sofá o la alfombra.

Borra lo que he dicho, le decía él, y ella que sí, que no fuera pesado, que estaba olvidado. Nunca le dijo que las palabras dichas pesan tanto que a veces se quedan encoladas en nuestro pecho como un puzle de mil piezas que muestra un paisaje con un camino sin retorno.