Corazón de piedra

Cuántas veces has deseado tener un corazón de piedra. Un corazón blindado. Pero el tuyo es un corazón que roza todos sus órganos en cada latido. Un corazón que se arruga y que se expande como un acordeón, un corazón ligero, que vuela como una pluma al viento cuando presiente que roza la felicidad; y un corazón que siente que se le clavan alfileres cuando sufre por alguien o cuando lo tratan mal.

Siempre has pensado que es una desventaja. Que es más fácil vivir con un corazón de piedra, que siente y padece lo justo, que late siempre a un ritmo estable. Que el mundo está pensado para quienes llevan una roca bajo el pecho. Que les va mucho mejor: su falta de escrúpulos en muchos casos les lleva a alcanzar puestos de poder, su falta de sensibilidad les libra de sufrir por amor, su ausencia de dudas les ayuda a tener una buena valoración de sí mismos y de sus actos.

Pero hoy has empezado a cambiar de opinión tras leer una entrevista al poeta Antonio Gamoneda. Dice en ella que hay quien pretende comprender la poesía como se comprende el Boletín Oficial del Estado y que eso es imposible. Que no se puede intentar su comprensión lógica y lineal, porque la poesía es como un fruto, hay que experimentarla con los sentidos, para después intentar comprender lo que es. Y en ese momento has pensado que la vida es también algo difícil de comprender lógicamente, que la vida únicamente se puede experimentar y sentir. Y que los corazones de piedra sufren una discapacidad sentimental de tal calado que nunca descubrirán la belleza que se esconde en un suspiro nostálgico, ni la verdad de una voz entrecortada por la emoción, ni el fuego en el cruce de dos miradas, ni la paz que te hace sentir una sonrisa compartida. Que les irá mucho mejor en la vida, que tal vez sufran menos, pero que se irán de ella sin haberla experimentado, sin haberla degustado. En definitiva, sin comprender absolutamente nada.

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Nudos

Mi amigo sabía hacer nudos marineros, no en vano provenía de una familia de pescadores. Defendía que era todo un arte y, realmente, daba gusto oírle hablar de los tipos de nudos. Me habló del As de guía, del Nudo de ocho, del Ballestrinque, del Franciscano, del Nudo llano… No hay como descubrir un mundo nuevo para ser consciente de cuantos mundos nuevos nos quedan por conocer. Un día me dijo que las relaciones entre personas son como los nudos. Comienzan con un contacto entre dos partes, como dos cuerdas que se tocan, y, poco a poco, con el roce diario, a medida que van conociéndose, comienzan a entrelazarse, suavemente. Primero de una manera sutil, como se enreda el lazo de un vestido: se reconocen las voces, la información que se esconde en cada tono… Más adelante, a medida que aumenta el contacto, las cuerdas van retorciéndose más y más, van entrelazándose creando nuevos dibujos: es cuando vamos conociendo mejor a esa persona, cuando sabemos cómo va reaccionar a lo que le digamos o qué palabra común nos va a hacer reír a ambos… Y aquí mi amigo detuvo el relato y tragó saliva. Seguidamente me dijo que llega un momento en el que las relaciones entre las personas se estrechan como un nudo marinero, y que el nudo se llega a apretar de tal manera que llegamos a darnos cuenta de que ya es imposible deshacerlo, por lo menos con las manos. Y ese es un momento maravilloso y terrible a la vez, me dijo. Maravilloso porque la fuerza del nudo es pura energía, porque las personas dan lo mejor de sí mismas cuando se reconocen de tan cerca; pero terrible al mismo tiempo, porque se es consciente de que de romperse esa relación se hará de un corte de tijera, y así desaparecerá el nudo, sí, pero se llevará consigo una parte de la cuerda, una parte de nuestro propio ser. Y tras decirme esto, recuerdo que se quedó mirando al infinito, tragando saliva.

Barba dura

¡Pica!, se ha quejado la niña cuando el hombre la ha besado en la mejilla. La barba de un día de su querido tío ha raspado su delicada piel como la lija. El tío se ha reído, bromeando, le ha dicho que sí, que los piratas como él tienen la barba dura, que pinchan como los erizos de mar. Jo, jo, jo. ​Pero en el fondo, se ha quedado con pena de no poder dar un beso a su sobrina, y, aunque no lo quiera reconocer, le ha dolido un poco su rechazo.

El hombre se ha pasado la mano por la barbilla y le ha parecido normal que la niña no quiera darle un beso. Es como pasarse un cabracho por la cara. Y ha pensado que no solo su sobrina, sino muchas otras personas, lo vean quizá así, como un hombre al que no se puede acariciar la cara, un hombre que no sirve para dar besos ni para rozar cariñosamente su mejilla con la de un ser querido. Su imagen, con esa barba dura, no la asocia nadie a un hombre suave, delicado, cariñoso, incluso débil como se siente muchas veces.

Porque lo que no saben es que bajo esa barba dura se esconde una piel muy suave, muy sensible, tanto que cada vez que se afeita se le irrita o se hace alguna herida. Una piel que se queja cuando le pasa la cuchilla y que anhela que la acaricien y la quieran.

Su sobrina le ha dicho que pica y se ha apartado. No es algo nuevo. También en la vida hay mujeres a las que ha querido que han acabado alejándose de él, no porque su barba picase, sino porque no ha sido capaz de mostrarles su piel suave, su parte vulnerable, su corazón desnudo. Siempre se ha visto obligado a mostrarse ante todo el mundo como un hombre seguro, valiente, incluso un poco canalla, porque le han contado desde pequeño que es lo que le corresponde; porque los piratas como él tienen la barba dura (jo, jo, jo), y junto a la saliva, tienen que tragarse todos los días erizos de mar, peces araña, cabrachos y sabirones. Así es como les pica en la garganta la ternura que no han aprendido a mostrar. 

Palabras

Borra lo que he dicho. Él terminaba muchas veces las frases así, como queriendo deshacer al instante lo que acababa de construir con las palabras. Como si fuera posible borrar las palabras una vez dichas. Como si las palabras de la vida real fueran tan etéreas y volátiles como las utilizadas en una campaña electoral. A ella se lo dijo muchas veces. Que borrara aquellas “palabras cursis” que se le escaparon un día y con las que se sintió demasiado desnudo y vulnerable, o que borrara aquellas otras horribles palabras que un día salieron como serpientes venenosas de su boca cuando tuvo aquel ataque de ira y celos. Bórralas, le insistía, y ella le respondía que sí, que no fuera pesado, que ya las había olvidado.  

Pero las palabras, una vez dichas, nos persiguen, sobrevuelan nuestras cabezas como buitres, esperando el mejor momento para volver a clavar sus garras y sus picos en nuestra piel desnuda. A veces su recuerdo nos inyecta gasolina en las venas y barniza con miel nuestra garganta. Pero otras veces, las palabras que un día fueron dichas nos atacan como un enjambre de abejas y no nos dejan ver más allá de un borrón negro en el aire, que nos ciega y nos envenena.

Las palabras que decimos en la vida van formando uno de esos grandes puzles de mil piezas que hay a quien le gusta encolar y colgar enmarcado en las paredes de su casa. Sólo que en este puzle no vemos paisajes idílicos de Canadá, ni panorámicas de Nueva York, sino nuestro propio reflejo, porque si somos algo, somos las palabras que hemos dicho y las que hemos callado. Por eso a veces al puzle le falta alguna pieza, que queda perdida bajo el sofá o la alfombra.

Borra lo que he dicho, le decía él, y ella que sí, que no fuera pesado, que estaba olvidado. Nunca le dijo que las palabras dichas pesan tanto que a veces se quedan encoladas en nuestro pecho como un puzle de mil piezas que muestra un paisaje con un camino sin retorno.

Tiempo

Somos tiempo, me ha dicho, mirándome a los ojos. Y esas dos palabras, somos tiempo, han puesto en marcha un programa de centrifugado en mi estómago. Mi amiga ha cumplido cincuenta y ocho años y me confiesa, mientras tomamos un café, que siente que la vida se le escapa de entre los dedos. Y mientras lo dice, angustiada, dando vueltas al café como si fuera el cosmos, en sus ojos grandes y profundos me ha parecido ver de repente el reflejo de la humanidad entera, hombres y mujeres naciendo y muriendo, amándose y matándose, riendo y llorando, nubes pasando rápido por el cielo en un día de viento, árboles ahora frondosos, ahora desnudos… toda la vida pasando veloz ante mí en una mirada.

Me habla de su cuerpo, de las consecuencias del tiempo en el mismo, de que, aunque a veces le tienta intentar empezar una nueva relación, después de los años en los que lleva separada, ya no se atreve a mostrar su cuerpo desnudo a nadie, quién va a desear un cuerpo que ya no aguanta la tensión, un cuerpo que imagina desparramándose sobre el lecho de amor como una masa en un molde. Le gusta un compañero de trabajo, pero no lo va a intentar.

Mientras me habla, miro de reojo la portada del periódico sobre la mesa: un nuevo informe sobre medio ambiente habla del choque frontal entre el actual modelo de desarrollo humano y la viabilidad del planeta, sobre un mundo al que, de seguir así, también se le acaba el tiempo. Y me viene a la cabeza una frase de Thoreau:“Contened el tiempo. Seguid las horas del universo, no las de los trenes”. Y entonces le pregunto por qué no contiene el tiempo alrededor de ese compañero que tanto le gusta y se olvida del reloj. Por qué no saborea ese deseo que siente, un deseo vivo, que demuestra que su cuerpo, a pesar de todo, sigue vivo también. Me mira de reojo, me sonríe cómplice, y de repente, en el brillo de sus ojos siento la fuerza de un océano, un oleaje de espuma blanca que lo inunda todo… De repente, en sus ojos, veo la salvación del mundo.

Belleza

Hemos reducido la belleza a un anuncio de perfume. Belleza, esa palabra tan profunda y de tanto significado, ha sido raptada en nuestro mundo por la superficialidad y la apariencia. De tanto bombardearnos con cuerpos y caras bellos, generalmente asociamos la belleza a la perfección física de una mujer o un hombre, una perfección que responde automáticamente a cuerpos debidamente delgados, bronceados, depilados y sensuales. A veces incluso utilizamos la palabra belleza en contraposición con otras cualidades de la persona como la inteligencia o el carácter.

Sin duda, nos han raptado la palabra belleza. Como si la belleza fuese algo superficial, como si la belleza fuese un lujo que debemos pagar en una perfumería o en un gimnasio. Nos olvidamos de la verdadera belleza, esa tan necesaria para poder vivir. Los seres humanos necesitamos la belleza, pero no la de los anuncios de perfumes; necesitamos la emoción que provoca la belleza de apreciar los resultados de una obra bien hecha; la belleza del arte que nos acerca a la verdad, de la música que nos transporta; la belleza de un atardecer en la naturaleza; la belleza de las buenas obras de ficción, que a través de la emoción y de un magistral acuerdo entre contenido y forma nos ayudan a entender el mundo; la belleza de un gesto de empatía o solidaridad.

Confundimos la belleza con algo bonito, algo que combine con el color de nuestras paredes o de nuestros zapatos. Pero la belleza, la verdadera belleza, se puede permitir el lujo de ser incluso incómoda. Es más, diría que el arte que nos incomoda es el que más verdad contiene. Y la belleza es una manera de acercarse a la verdad.

Necesitamos la belleza para vivir. Y en este mundo en el que todo se valora por el dinero que genera, nos olvidamos de ella, la menospreciamos, o la raptamos para  ponerla en venta en un anuncio de perfume con acento francés.