Relatos de vida

Una historia bien contada requiere, entre otros aspectos, una unidad armónica entre sus elementos: estructura, ritmo, trama, personajes… Una historia bien contada es algo más que lo que pasa en esa historia. Quien ha tenido la suerte de consumir historias bien contadas desde la niñez, aprende a estructurar su pensamiento, tiene mayor facilidad para ordenar sus ideas, y se impregna también de los valores y las lecciones de vida que emanan de las buenas historias.
Por eso cuando veo a los y las niñas de hoy entretenerse consumiendo vídeos de youtubers de su edad que abren juguetes y cuentan cómo funcionan, o enseñan en un tutorial la forma más chic de pintarse las uñas, o hacen experimentos con Coca-cola, o cantan como Shakira ante la cámara, pienso en el pobre poso que queda en sus cerebros tras ver esos vídeos y en cuánto se están perdiendo por no ver en su lugar una buena película, leer un buen cuento o un buen cómic… En definitiva, por no adentrarse en una historia bien contada.
Hay quien piensa que mientras en esos vídeos no vean nada nocivo (léase sexo y violencia), están entreteniéndose igual que, pongamos, con una buena película infantil. Pero el poso no es el mismo. No es lo mismo que te cuenten la historia de un personaje, que navegues durante hora y media por un mar estructurado para generar ciertas emociones, para despertar ciertas inquietudes, a que machaques tu cerebro con vídeos de 5 o de 7 minutos, uno tras otro, que nada tienen que ver entre ellos, y que crean una ansiedad constante de ver el siguiente. Un machaque, además, que no va más allá de ser una gran escuela de consumismo.
Hemos pasado del entretenimiento al atontamiento. El entretenimiento no tiene por qué ser un instrumento para desactivar cerebros, al contrario, es un instrumento sin igual para activarlo, imaginando otros mundos, otras vidas. Escuchar, leer, ver una buena historia es, entre otras muchas cosas, una dosis de armonía con el mundo, con el relato de la vida.

La misma ciudad

Tres mujeres pasean por el Paseo de la Senda hacia Armentia. Es esa hora de la tarde en la que todavía los suelos de muchas cocinas están mojados. Alguien ha recogido ya la mesa tras la comida, ha fregado los platos, ha dejado la puerta del balcón abierta para que se seque el suelo recién fregado. Ese alguien se ha enfundado el chándal y pasea ahora con sus amigas hacia Armentia. Aprovecha esta hora en la que no la espera el marido, que se echa una cabezada en el sofá frente al televisor; no la esperan los nietos que recogerá y llevará a su casa a merendar por la tarde. Es su hora, la del paseo con sus amigas.
Tres mujeres pasean hacia Armentia, pero podrían ser tres mujeres paseando a esa misma hora en cualquier pueblo o ciudad: en ese mismo momento seguro que hay otras como ellas por el paseo entre Zarautz y Getaria, por la vía entre Lekeitio y Oleta, en los alrededores de Eibar o por la ruta del anillo verde de Bergara.
Muchas cosas parecidas ocurren al mismo tiempo en distintos lugares. Cada pueblo y cada ciudad tiene su personalidad, su paisaje; pero a la misma hora es muy probable que en unos sitios y en otros estén ocurriendo cosas muy parecidas. Los coches impacientes aceleran y frenan, aceleran y frenan, con sus luces rojas, con sus niños y niñas en los asientos de atrás, minutos antes de las nueve de la mañana, antes de entrar en clase; a media mañana en la frutería y la carnicería se oyen las mimas frases, la última, servidora; cuántos dedos teclean al mismo tiempo palabras y números en un ordenador en tantas oficinas; cuántas manos se mojan, se hielan, en trabajos en la calle, metiendo tubos bajo la tierra, colocando tejas en las alturas; cuántas personas tosen a la vez en las salas de espera de tantos ambulatorios.
Tres mujeres pasean por el Paseo de la Senda hacia Armentia. Son solo tres, pero al mismo tiempo son miles. A esa misma hora, pasean tantas otras por Elgoibar, Tudela, Dulantzi, Azkoitia, Amurrio, Bilbao, Barakaldo… Porque vivimos en distintas ciudades, pero en ese espacio en el que alguien recoge la mesa, friega los platos y deja la puerta del balcón abierta para que se seque el suelo recién fregado, vivimos en la misma ciudad, en el mismo pueblo.

Nieve en agosto

En casa siempre me enseñaron que es importante hacer las cosas a su tiempo. Que es mejor irse de juega de joven, por ejemplo, y no empezar a salir por la noche cuando ya tienes una edad y más responsabilidades. Nunca me han gustado las generalidades, porque creo que cada persona debe decidir qué hacer en cada momento y que las circusntancias de cada persona son diferentes, pero es cierto que cuando las cosas suceden a destiempo, lo que en un época podría haber sido normal, se convierte en un elemento distorsionador.
Las leyes de la naturaleza son un buen ejemplo del “cada cosa a su tiempo”: En invierno, los árboles desnudos y el viento norte; en primavera las flores y la vida naciendo por todas partes; en verano, un sol eterno y un día que no acaba; en otoño, los ocres, naranjas y colores rojizos de los bosques… Y lo que es normal en una estación, está fuera de lugar en otra. Como nevar en agosto.
La muerte es una meta de la que nadie se libra. Sabemos que llegará. Y la muerte de un amigo siempre duele. Pero cuando esa muerte llega a destiempo, demasiado pronto, cuando aún no tenía que llegar, entonces sientes que la supuesta armonía de la vida se rompe.
Esta semana se ha muerto un amigo. Y las playas de agosto se han llenado de nieve. La muerte siempre es dolorosa, sí, pero cuando llega a destiempo, desafiando las leyes de la naturaleza, cuando ocurre en mitad de una vida, cuando aún quedan tantas cosas por vivir, entonces además de ser dolorosa, se convierte en algo insorportable, inaceptable.
Y aún así, ahí están, en pleno abril, los árboles llenos de flores; el sol, haciendo brillar al mar; el viento sur, acariciando nuestros rostros, aún vivos.
Iba a escribir que es difícil apreciar tanta belleza cuando llevas una playa nevada en el corazón, pero creo que ocurre justo lo contrario. Creo que es entonces cuando la belleza de la vida se nos hace más intensa, dolorosa pero intensa, y nos queda más claro que nunca el valor de la vida, ese tesoro que podemos perder en cualquier momento. Agur Aitor. Un abrazo infinito para toda la familia.

Belleza

Subo al autobús y miro a las caras de la gente. Gente con el rostro serio de la rutina y de los sueños sin cumplir. Miro después por la ventana al conductor de un coche que fuma con ansiedad, y más que consumirse el cigarro, da la impresión de que se está consumiendo a sí mismo dentro de esa nube de humo y mal humor. En la siguiente parada, veo a una mujer que se muerde las uñas mientras mira al infinito. Se muerde sus propias preocupaciones. Del portal que hay a unos metros una pareja sale chillándose mutuamente ante la atenta mirada de su hija. Veo los ojos de angustia de una mujer que empuja con un brazo el carro de una niña, mientras del otro le cuelga otro niño que berrea porque no quiere ir a clase. Una adolescente cruza el paso de cebra llorando mientras habla por su móvil.
Miro alrededor y, lo siento, pero veo mucho sufrimiento. Veo las caras gastadas por la vida y sus preocupaciones, manos y miradas ajadas, dientes apretados por la intensidad de la lucha diaria.
Y esta realidad choca frontalmente con la que me muestran las marquesinas por las que paso, las fotos de las revistas, o las imágenes de felicidad, disfrute y perfección que me muestran los anuncios de la televisión. Cómo es posible, pienso, que la brecha sea tan profunda, que el choque sea tan brutal. Cómo es posible que hayamos llegado a creer que esa belleza ficticia que nos venden es real y que lleguemos a sentirnos hasta culpables y castigarnos por no parecernos a esa imagen ideal, por no tener ese cuerpo, esa sonrisa, esa vida. Pienso en cuánta belleza engañosa nos venden y lo poco que se parece a la realidad en la que tanta gente sufre.
Y, sin embargo, bajo del autobús, cruzo la carretera y veo que al árbol de la acera de enfrente le han salido esas florecillas blancas que anuncian la inminente llegada de la primavera. Y entonces pienso, sí, existe una belleza real, una belleza que podemos intuir en esas flores, o en la música, en el arte, en un abrazo, en un gesto solidario, en unas risas compartidas, en un beso sincero, en la satisfacción del trabajo bien hecho, en el olor de nuestra piel bajo el sol… Una belleza que no, no cabe en las marquesinas publicitarias, y que sí, nos enseña que merece la pena seguir.

Decidir

No es fácil tomar decisiones. Quizá decidir sea de los retos más difíciles que se nos presentan en la vida. Hay veces, muchas veces, que las personas preferimos darle vueltas constantemente a una rotonda, con el riesgo de marearnos, a tomar una de las salidas. ¿Cuál de ellas será la mejor? Y, sin embargo, estamos tomando decisiones todos los días, a veces de manera inconsciente, incluso a veces a través de “tomar indecisiones”. Porque no tomar una decisión, o demorarla hasta dejarla morir, es también decidir: decidir no hacer nada. Y eso también tiene sus consecuencias.
Tomar decisiones es difícil, pero creo que es lo que hace que una persona se sienta viva. Decidir es un derecho que nos hace sentirnos capaces de cambiar las cosas, que nos da poder, pero es difícil porque ante una decisión siempre aparece el miedo a equivocarse, a perder lo que se tiene o lo que te ofrecen el resto de caminos. Porque decidir es elegir, pero, al mismo tiempo, es renunciar.  Y no hay decisión que no suponga una pérdida.
Hay personas que esperan. Y esperan. Y esperan. Tienen que verlo todo muy claro antes de tomar una decisión. Y es cierto que hay que pensar, que precipitarse puede ser peligroso, pero pretender verlo todo con claridad antes de decidir supone en muchos casos no tomar nunca la decisión, porque toda decisión tiene su zona de sombra, que sólo podremos descubrir una vez que la tomemos.
Decidir es difícil pero hay algunas decisiones más difíciles que otras. A veces oigo comentarios que critican que una madre o un padre decidan arriesgar la vida de sus hijas e hijos metiéndolos en una balsa o en una patera para intentar llegar a Europa. Deberían hacer el ejercicio de ponerse en la piel de quien tiene que tomar tan cruda decisión: morir en su tierra o arriesgarse a morir intentando escapar de la misma. Y mientras tanto, Europa “tomando indecisiones”, dando vueltas y vueltas sin parar a una sangrienta rotonda.

Nubes de algodón

Recuerdo los días en los que me ponía enferma y no podía ir a clase. Tenían algo especial. A pesar de la fiebre, o de las molestias de una gastroenteritis, o de lo incómodo de las toses y los estornudos, había algo en aquellos días que me hacen recordarlo como un espacio de paz, un espacio blanco y acogedor, dulce como una nube de algodón.
De repente, descubría los sonidos de la casa por la mañana, muy diferentes a los de la tarde, y muy diferentes también a los de esa hora en clase. No se oían gritos del recreo ni risas infantiles, y sí el sonido de una cuchara contra una cazuela, un batir de huevos, el choque de los platos en la fregadera… Tampoco oía las voces de mis hermanos, ni la conversación entre mi padre y mi madre mientras cenaban viendo el telediario. Sólo estábamos mi madre y yo. Ella trabajando sin parar y yo en la cama.
Mi madre me traía un zumo de naranja a la cama o me daba el transistor para que escuchara aquellos programas con oyentes que pedían canciones, o compartían recetas de cocina, trucos caseros… Recuerdo el momento en que mi madre me hacía levantarme de la cama, me daba otro pijama, y cambiaba las sábanas. Recuerdo aquel olor a limpio, aquellas manos alisando la sabana bajera.
Recuerdo aquellos días con dulzura porque el mundo parecía pararse, porque me permitían ver la vida desde otro lugar, pero, sobre todo, porque me hacían sentirme especialmente cuidada. Hay días en los que me gustaría recuperar un día así, aunque no a costa de alguien a quien no se ha permitido hacer otra cosa que cuidar y a quien se ha obligado a renunciar a tantas cosas.
Creo que todas las personas merecen ser cuidadas, especialmente las que cuidan a otras personas, y creo que todas y todos tenemos la responsabilidad de cuidar, como lo hicieron en otra época aquellas mujeres que eran capaces de transformar periodos de enfermedad en espacios dulces como nubes de algodón.

(Artículo opinión en Noticias de Alava 2016-02-26)