El reloj

Hace poco me regalaron el que fue el reloj de mi padre, su reloj de toda la vida, el que siempre le hemos conocido. Lo he colocado sobre una estantería del salón. Desde allí vigila nuestra vida cotidiana. Y desde que tenemos que pasar las veinticuatro horas en casa, siento más su presencia, no solo por razones sentimentales, sino porque me ha hecho pensar en el tiempo.
Estos días ando atareada, pero, aun así, siento que he empezado a hacer las cosas de otra manera. Colgar la ropa en el balcón, por ejemplo. Algo que siempre hago corriendo y a toda prisa, de repente he empezado a hacerlo con una cadencia que es extraña en mí. Es como si quisiera ofrecerle su pequeña ceremonia a la acción de colgar la ropa. De repente, soy consciente de que se pueden colgar los calcetines y las camisetas de muchas maneras y me quedo pensando dónde colocar cada pieza, qué adelante, qué detrás. En algún momento he llegado a sentir que estaba creando una obra de arte con piezas de diferentes colores y tamaños. Una escena imposible en mi vida anterior a esta crisis.
El reloj de mi padre y esta situación de confinamiento han traído a mi casa un tempo diferente, quizá el de la época en que mi padre llevaba ese reloj. Y he recordado una foto antigua. En ella aparece mi padre, con unos veinte años, junto a otros jóvenes, sentado en el muelle de Lekeitio mirando al mar, sin hacer nada especial, solo mirando. Parecen en paz con el tiempo, reconciliados con él.
Esta crisis nos enseñará muchas cosas y una lección será la del tiempo. Ese tiempo que en una generación ha pasado de ser amigo a rival. ¿Cómo hemos inventado la idea de “perder” el tiempo? ¿Nos damos permiso para aburrirnos? ¿Le damos a cada cosa que hacemos el tiempo que merece? ¿Por qué no ofrecer también a nuestras acciones más ordinarias su pequeña ceremonia?
Vuelvo a mirar el reloj de mi padre. Las agujas están detenidas marcando las doce y cinco minutos. ¿Cuándo se detuvo ese tiempo? ¿Volverá alguna vez? ¿Le dejaremos volver cuando todo esto termine?

Épica

A las mujeres nos falta la épica. Lo escucho en una conversación entre dos referentes del feminismo, Ana de Miguel y Amelia Valcárcel. Señalan que en la Historia no ha trascendido apenas nada de la aportación de las mujeres y su aparición en el relato ha estado siempre ligada a un ámbito privado de cuidados de la familia o al de objeto de deseo para el hombre. La épica ha estado ligada a las hazañas de los hombres, a sus conquistas, descubrimientos, gestas y proezas. Las mujeres acompañaban o pasaban por allí.
Veo la foto de la trabajadora del Congreso de los Diputados que ya se ha hecho famosa, Valentina. Subida al estrado, el lugar desde el que se habla de “las cosas importantes”, con mascarilla y guantes, pasando un trapo al micrófono para desinfectarlo.
Y me parece que por un momento la épica está ahí, en esa foto, en ese foco. En ese pararnos a mirarla. Una mujer invisible que, de repente, ante una situación de emergencia, aparece iluminada. Y junto a ella aparecen muchas otras mujeres a las que casi no vemos pero sostienen la vida diariamente. Mujeres que trabajan dentro y fuera. Mujeres en sectores feminizados y en consecuencia menos valorados: auxiliares de enfermería, cajeras de supermercados, reponedoras, cuidadoras, cocineras, empleadas de hogar… Siguiendo una tradición de trabajos invisibles que sostienen la vida.
Esta crisis nos está dejando entrever lo importante. Está revelando a esta sociedad cegada por el individualismo que no somos personas autónomas sino absolutamente interdependientes. Que los cuidados son la columna vertebral que sostiene nuestras vidas y que necesitamos lo colectivo, lo público, para cuidarnos. Que hay que poner el cuidado en el centro y no puede recaer de manera abrumadoramente mayoritaria en las mujeres.
Necesitamos una épica. Necesitamos aplausos para ellas desde los balcones y desde el hemiciclo. Pero sobre todo necesitamos que tengan trabajos dignos, valorados, bien pagados y bien repartidos.

Equipo

En literatura, hay una manera muy eficaz de conocer al personaje que estamos creando: llevarlo a una situación límite. La reacción del personaje ante esa situación nos devolverá una fotografía bastante nítida de cómo es en realidad. Todas las personas mostramos cómo somos, sobre todo, cuando vienen mal dadas. Nuestras decisiones en esos momentos nos retratan.
Las imágenes de gente comprando compulsivamente en los supermercados, vaciando las baldas de la leche, de la carne, (¿del papel higiénico?), por miedo al escenario que se pueda crear por el coronavirus, y creando así una alarma social que no hace más que empeorar las cosas, nos muestran una fotografía de una sociedad individualista, del sálvese quien pueda, una sociedad, en definitiva, sin conciencia social. Y es en estos momentos cuando nos damos cuenta de la importancia de formar a una sociedad como tal, como un grupo de personas que forman algo conjuntamente, que comparten un espacio común y que son capaces de aportar algo de su parte ante un reto común.
En este país ha funcionado durante mucho tiempo y en muchos ámbitos la cultura del auzolan, que de alguna manera se ha traducido en un importante tejido asociativo, en la tendencia a reunirse en sociedades y asociaciones de todo tipo, en el cooperativismo, en los actos de solidaridad o de apoyo a causas como nuestra lengua, en movimientos como el de las ikastolas, en el voluntariado…
Vivimos, sin embargo, inmersos en un sistema capitalista en el que prima el interés individual, un sistema que es capaz de desactivar esa conciencia social y sustituir convivencia por competencia. El coronavirus no pone solo a prueba nuestro sistema sanitario, nuestros cuerpos, o nuestras instituciones. Pone también a prueba nuestra capacidad de responder colectivamente a una crisis. Nos pone el termómetro en nuestro nivel de conciencia social y de responsabilidad.
Ahora que se suspenden partidos creo que es precisamente el mejor momento para decir eso de “ánimo equipo”.

Estar estando

Entro en el bar. La camarera, una joven de melena pelirroja, habla por el móvil. Se me acerca sin dejar de atender al teléfono y alza las cejas. Entiendo que me está preguntando qué quiero. Le pido una caña. Sujeta entonces el teléfono entre la oreja y el hombro con gran habilidad para servirme la caña. Y sigue después hablando. No es una conversación urgente, habla con una amiga de todo un poco. Ya, maja, le dice de vez en cuando. Le pago mientras sigue hablando y, con el móvil entre la oreja y el hombro aún, le da mis vueltas a otro cliente. Pienso que no está donde debe estar, sino en otro sitio.
Me he acordado de una amiga que siempre dice que hay que estar estando. Y como ejemplo de las consecuencias de estar haciendo una cosa y tener la cabeza en otro sitio, suele contar que un día fue a candar la bicicleta a un árbol y candó sólo el árbol, dejando la bicicleta libre.
Es lo que tiene no estar estando: que no te concentras en lo que estás haciendo. Que tus brazos, tus piernas, tu rostro no están en coordinación con tu cerebro. Quizá sea uno de los males que nos acechan en las relaciones personales en los últimos tiempos. Todos sabemos perfectamente lo que es hablar con alguien mientras contesta Whatsapps.
Y el problema no es no estar estando, sino huir a un sitio que ni siquiera merezca la pena. Porque hay ocasiones en las que nos podemos permitir la licencia de escaparnos del momento presente: cuando soñamos despiertos con algo que nos fascina, cuando nos enamoramos y no podemos pensar en otra cosa, cuando tenemos un problema de difícil solución que nos preocupa mucho… El problema es no estar estando para estar en un lugar vacío, superficial, de puro entretenimiento. El problema es no escuchar lo que te dice tu amigo en una cena porque estás subiendo a Instagram una foto de lo que estáis comiendo.
Pero, bueno, como dice mi amiga, todo tiene su parte buena. Cuando volvió a por la bici, ya se la habían robado, claro, ¿pero el árbol? El árbol no se lo llevó nadie. Estaba allí atado y bien atado.

Vacuna

“Be a lady, they said” es el título de un vídeo que circula por las redes en el que al tiempo que se nos muestran numerosas imágenes de mujeres en anuncios publicitarios, revistas y televisión, se enumeran algunos de los mandatos que las mujeres vamos absorbiendo como una esponja a lo largo de nuestra vida. Mandatos muchas veces contradictorios que nos piden, por ejemplo, ser sexys y puras a la vez, sucias y limpias, celestiales y terrenales. La actriz Cynthia Nixon va enumerando en el vídeo algunos de estos mensajes como: Tu falda está muy corta, tu falda está muy larga, no muestres tanta piel, cúbrete, luce sexy, luce hot, no seas tan provocativa, estás pidiéndolo, sé pura, sé sexual, sé experimentada, sé inocente, sé sucia, no seas tan mojigata… No seas muy flaca, come, adelgaza, no seas gorda…

Estoy viendo el vídeo mientras tengo a mi lado a mi hija, aún niña, pero no por ello libre del bombardeo. Sin cumplir todavía los diez años, la veo imitando gestos sexys de protagonistas de los vídeos que ve en Youtube, subiéndose la camiseta para mostrar el ombligo mientras baila o aprendiendo en un tutorial a pintarse las uñas o los ojos para estar atractiva. La veo viendo imágenes de niñas hipersexualizadas y mirándose después la tripa y diciéndome que está gorda y que igual tiene que hacer dieta, y pienso que está en camino ya, preparada para absorber todos esos mensajes que le incitarán a moldear su cuerpo siguiendo el canon, a mostrarse sexy, a mostrarse hot, a ponerse a dieta, a depilárselo todo…

Y quiero decirle que no, que su tripa es preciosa, que no tiene que convertirse en un objeto para el disfrute de nadie, que es única y valiosa, pero mis palabras no son suficientes para parar la corriente. No tengo mascarilla para parar este virus. O quizá sí. La he llamado a mi lado y nos hemos puesto a ver el vídeo juntas, mientras le hablo, le cuento. Tengo que vacunarla cuanto antes. Tenemos que vacunarnos cuanto antes.

Dueña

Se ha cruzado con un grupo de chicas que están sentadas en un banco, a pocos metros de otro banco en el que hay un grupo de chicos. Risas, miradas de un banco a otro y mucho móvil. Isabel ha pensado que en sus tiempos no había móviles, pero que ya se las arreglaban para comunicarse con quien les interesaba. Y ha recordado aquel momento terrible en el que debía pasar por delante del chico que le gustaba. Y cómo su andar, de repente, se volvía ortopédico, como si se le hubiese olvidado caminar: ¿Cuál va ahora el pie derecho o el izquierdo?
Todavía hoy le pasa algo parecido con la gente que le interesa, le gusta o le importa. Siente ante ellos o ellas como si no fuese del todo dueña de sí misma. Como si el interés por esa persona le impidiera actuar con naturalidad. Y, al mismo tiempo, como si no consiguiera ser del todo racional y no pudiera controlar del todo sus sentimientos. ¿Justamente me tiene que pasar esto con la gente que me gusta? ¿Por qué no puedo ser tan racional y tranquila como con la gente que me da igual? A Isabel le da mucha rabia y piensa que a pesar de que han pasado muchos años sigue haciendo lo mismo que cuando era adolescente. Se vuelve ortopédica. Pierde el control de sí misma.
Con este pensamiento en la cabeza, Isabel ha recordado que en algún momento de su vida leyó algo de Alejandra Pizarnik, no recuerda si un poema o una cita, que decía algo parecido. Y se ha puesto a buscar. Y sí, así es, lo ha encontrado, en uno de sus cuadernos. En algún momento de su vida apuntó estas palabras de Pizarnik: “Qué fácil ser serena y objetiva con los seres que no me interesan, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan… Allí está la cuestión absurda: soy una convulsión”.
Sus palabras le han confirmado una vez más que la literatura sirve en buena medida para que alguien ponga palabras a nuestros propios pensamientos

Palabras

Veo la entrega de los Goya, veo la de los Oscar. Premio a la mejor actriz, al mejor actor, director… Enfocan los rostros de las personas nominadas. Todas tienen el discurso preparado, pero solo una de ellas se levantará de su asiento, llegará hasta el micrófono y lo pronunciará. Cada vez que presencio esta escena me pregunto qué pasa con los discursos que no se pronuncian, ¿dónde se quedan? ¿En la garganta de los nominados? ¿En sus sueños? ¿En sus pesadillas? ¿Realmente existen esas palabras? ¿O es necesario que sean pronunciadas para que existan?
Una mujer habla por teléfono, sentada en un banco del parque de la Florida. Más que hablar, escucha, nerviosa, mientras se muerde las uñas. De vez en cuando coge aire, como si tomara carrerilla para decir algo, pero enseguida algo frena sus palabras, y sigue escuchando y destrozando sus uñas. Vale, pues adiós, dice en un momento, resignada, y al colgar, los ojos se le humedecen. Guarda con rabia el teléfono en el bolso porque le duelen las palabras que no ha dicho, las que no se ha atrevido a decir. “¿Pero, tú realmente me quieres?” Otra vez se ha quedado sin pronunciar esas palabras que tantas veces ha ensayado, como los nominados en los premios del cine. Y ¿dónde se queda esa pregunta?
Siempre he pensado que las palabras que no llegamos a decir son más importantes que las que decimos. Las palabras no dichas existen, aunque nunca salgan de nuestras bocas, porque son las palabras verdaderas, palabras desnudas, limpias de conveniencias, de normas de educación o de orgullo. Son lo que realmente nos gustaría decir al mundo. Pero no siempre se escucha nuestro nombre tras el famoso and the winner is. Y nos las tragamos. E intentamos engañarnos, pensando que si no se pronuncian no existen. Pero, ¿dónde se quedan en realidad las palabras no dichas? Que se lo pregunten a nuestra garganta, a nuestro estómago. El pinchazo nos dice que en nuestra vida se quedan. En nuestra vida existen, vivas.