Un pañuelo mojado en saliva

(Artículo publicado en el suplemento Babelia de El País el 02-04-2021)

Miras las manos de tu madre. Sigues atentamente con la mirada las rutas que marcan sus venas, como si así pudieras llegar al origen de algo. Quizás escribes sobre ella por esa misma razón, porque confías en que, llegando al germen, al molde del que has salido, encontrarás por fin alguna pista sobre quién eres y cómo te has construido mientras vivías, sin ser consciente de ello, en aquellas manos. 

¿Por qué escribimos de nuestra madre, de nuestro padre? Tal vez sea un intento de recuperar aquella voz que hemos utilizado siempre con ellos. Una voz arriesgadamente íntima que no nos sale con nadie más. Quizás intuimos que, en ese timbre, ese tono, se esconde alguna verdad y confiamos en que, recobrándola a través de la escritura, podremos llegar a la muñeca rusa más pequeña de todas, la que se esconde tras las capas que nos hemos ido poniendo encima con los años.

Recuerdo que, de pequeña, un día mi madre me sacó de casa con tanta prisa que salí en zapatillas. Cuando me di cuenta, ya en la calle, le supliqué que volviéramos, pero se negó, llegábamos tarde al médico. Nadie se va a dar cuenta, me dijo. Nunca he olvidado aquel sentimiento tan profundo de vergüenza. Me hubiese cortado los pies para que el mundo no me viera con aquellas zapatillas de felpa. 

Hablar de nuestros padres es una manera de dejar de mostrar a los invitados el salón de nuestra casa para enseñarles el patio donde colgamos la ropa. Es mostrarnos en zapatillas de casa. Es abrir la puerta de un 5º Co un 4º D y compartir su olor, sus voces, el ruido de las cazuelas, del batir de huevos, el sonido de fondo del Telediario en el televisor… Es coger entre las manos esa foto de tu comunión que tus padres aún tienen sobre el mueble del salón, poner tu mano derecha sobre ella, como si fuera una Biblia, y proclamar: Juro decir la verdad y nada más que la verdad. 

Escribir tiene mucho de encontrar lo extraordinario y lo misterioso en lo familiar, en lo cotidiano, porque es ahí donde se esconden las verdades, y hablar de nuestros padres nos lleva irremediablemente a ese espacio íntimo, a ese álbum familiar de fotos que describe con tanta precisión el gran Rafael Berrio en una de sus canciones. 

Allí encontramos lo que nos dijimos, pero, sobre todo, lo que nos dejamos sin decir. Y esos silencios familiares, todas las palabras no dichas a nuestros padres, esas lagunas que tanto escuecen, sobrevuelan la necesidad de escribir sobre ellos. 

Escribes de tu madre o de tu padre cuando al entrar en su casa te encuentras telarañas en el cierre de la dentadura, como canta Quique González, y sabes que llegas tarde. Cuando el silencio familiar, al no haberse rectificado a tiempo, se ha convertido ya en cemento. 

Se puede escribir sobre tus padres desde el ajuste de cuentas como hizo Kafka; desde el homenaje, como ha hecho Manuel Vilas; desde la comprensión, como Elvira Lindo; desde un apego feroz, mezcla de odio y amor, como Vivian Gornick; desde la búsqueda de la mujer que se esconde tras la madre, como Annie Ernaux; o desde la añoranza por seguir siendo el niño que vive en las manos de su madre, como Antonio Gamoneda. 

Pero se escribe sobre todo desde la culpa. La culpa es uno de los grandes motores que nos impulsan a escribir sobre nuestros padres. La culpa por no haberlos visto a pesar de haber estado a su lado todo el tiempo, por haber sepultado sus nombres bajo unos rígidos y pesados roles de madre y padre. 

En la mayoría de los casos ese sentimiento de culpa se acrecienta cuando miramos a la madre, porque somos conscientes de que el padre por lo menos ya tenía un nombre fuera, era alguien con sus compañeros de trabajo o con los amigos con los que se tomaba unos vinos. 

Escribir sobre nuestra madre es también destapar la realidad de aquellas mujeres a las que en su cumpleaños se les regalaba una plancha. 

Escribes sobre tu madre cuando, tras su muerte, abres su armario y sientes la necesidad de rellenar con un cuerpo de mujer esos cuellos y esas mangas que cuelgan de las perchas; de adivinar para quién se ponía el collar de perlas que encuentras en su joyero; de preguntarte si alguna vez estuvo enamorada de tu padre o deseó a algún otro hombre. Es buscar a la mujer, a la persona, bajo ese fantasma que cuelga tras la puerta de su habitación en forma de bata de casa. 

No es casualidad que escribamos de nuestros padres, sobre todo, a partir de una edad, cuando mueren o cuando no los reconocemos en esos ojos empequeñecidos por la vejez. Creo que el desamparo que sentimos al ser conscientes de que ya no seremos más el niño o a la niña al que cuidaban, que nadie nos va a cuidar nunca más así, es precisamente, otra de las grandes razones que nos lleva a escribir sobre ellos.

Se escribe desde ese vacío, desde esa orfandad. Porque lo que más añoramos de nuestra infancia no son las pagas del domingo, ni jugar al escondite por la casa, ni merendar con margarina. Lo que realmente echamos en falta a partir de una edad es tener la seguridad de que siempre habrá alguien con un pañuelo mojado en saliva dispuesto a limpiar los restos de desayuno de nuestros labios. 

Amaren Eskuak, Aitaren etxea

Eskutik heldu dira etxera ama eta aita.
Madre y padre han llegado a casa de la mano.

Booket ha reeditado “Las manos de mi madre” en el 15 aniversario de la publicación de “Amaren Eskuak”. También publica en edición bolsillo “La casa del padre”.

Señoras

Hay mujeres que salen a andar y parece que les persiguen los años. Van tan rápido que parece que estuvieran intentando escapar de cumplirlos. Muchas veces van acompañadas por una amiga, hablando, sí, pero sin mirarse a la cara, sin despistarse, que hemos venido a andar, todo muy profesional. Y parece realmente que los años no consiguen alcanzarlas, porque, aunque ya llevan unos cuantos encima (hace ya décadas que se acostumbraron a que les llamen “señora”), se las ve tan convencidas de lo que están haciendo, tan dignas, con sus mallas, sus zapatillas y su chaqueta de andar, que da gusto verlas.
Es siempre una incógnita saber si vamos a llegar a su edad y si es así, cómo vamos a llegar, pero no hago más que ver mujeres de sesenta para arriba que son todo un modelo de vida activa, de ilusión, de curiosidad… No hay más que ir a una charla para comprobar que la mayoría de las asistentes son mujeres, muchas de ellas mayores. Y no creo que sea casualidad, porque muchas en su juventud no tuvieron la oportunidad de estudiar, o de estudiar lo que querían; de tener tiempo para el ocio, para ir a in museo, una conferencia, para leer, para hacer deporte; muchas solo han podido tener vida pública junto a sus maridos…
Y ahora, han llegado a una edad en la que, en lugar de pensar que es ya demasiado tarde, en lugar de decirse, chica, a dónde vamos ya con esta edad, han decidido exprimir la vida y van a la piscina, a andar, al teatro, al cine, se apuntan a un taller de lectura…Da gusto verlas. Son un ejemplo de personas que no se rinden ni ante las arrugas, ni ante la soledad, ni ante el dolor de articulaciones, ni ante el qué dirán. Las admiro.
He escrito que salen a andar y parece que les persiguen los años. Quizá debería haber escrito que no son los años los que las persiguen, que son ellas las que persiguen a los años, porque han decidido conscientemente qué hacer con los que les quedan de vida.

Andrak

Ibiltzera ateratzen diren andre batzuk, hain doaz azkar, urteak atzetik segika dituztela ematen du, haiengandik ihes egiten saiatzen ari direla. Askotan lagun batekin joaten dira, hizketan, bai, baina elkarri aurpegira begiratu gabe, despistatu gabe, oso modu profesionalean, ibiltzera atera direla ahaztu barik. Eta esango nuke benetan lortzen dutela atzetik segika dituzten urteak urrun uztea, gainean batzuk badaramatzate ere (aspaldi dakite besteen begietara “andrak” direla), hain ikusten dira konbentzituta egiten ari direnaz, hain duin, beraien malla, zapatila eta ibiltzeko jakekin, gozamena ematen du haiek ikustea.Haien adinera iritsiko garen eta, hala bada, nola iritsiko garen jakitea beti da zalantza, baina hirurogeitik gorako hainbat emakume ikusten ditut bizitza aktiboaren, ilusioaren, jakin-minaren eredu direnak. Guztiontzako eredu izan daitezkeenak, haien jarreragatik. Hitzaldi batera joatea besterik ez dago, bertaratutako gehienak emakumeak direla egiaztatzeko, haietako asko adinekoak. Eta ez dut uste kasualitatea denik, gaztaroan askok ez baitzuten aukerarik izan ikasteko, edo aisialdirako denbora, museora joateko, hitzaldi batera, irakurtzeko, kirola egiteko… Askok senarrarekin batera bazen bakarrik izan dute bizitza publikorako aukera. Eta orain, ikusten ditut eta benetan pozten naiz, bizitza zukutzea erabaki dutelako: igerilekura doaz, antzerkira, irakurketa talde batean ematen dute izena… Iruditzen zait eredu direla ez dutelako amore ematen ez zimurren aurrean, ez bakardadearen aurrean, ez artikulazioek eragindako minen aurrean edo besteek esango dutenaren aurrean. Miresten ditut.Urteak atzetik segika balituzte bezala ibiltzen direla idatzi dut, baina agian idatzi beharko nuke ez direla urteak haien atzetik dabiltzanak, beraiek dabiltzala urteen atzetik, geratzen zaizkien horietan zer egin nahi duten erabaki dutelako jadanik.

Un poco de viento

Una ventana entreabierta. Un poco de viento la abre, alzando las finas cortinas como si fuesen humo. Y de repente, el aire del exterior y el del interior de la casa se entremezclan. No hay quien distinga un ambiente del otro. Respiras ambos como si fuesen uno. Ya se han convertido en uno, en realidad.

Como el aire, así se mezclan en nuestras vidas realidad y ficción, lo que vivimos por fuera y lo que experimentamos en nuestro interior. Somos ambas cosas, lo que hacemos y lo que soñamos. Y, sin embargo, solo le otorgamos el título de real a lo que hacemos, lo tangible, lo que podemos tocar.   

Es habitual que a las personas que se dedican a escribir les pregunten qué parte de verdad hay en sus libros. Realmente, quien lo pregunta, no se está refiriendo a la verdad, sino a lo que la mayoría de la gente llama realidad. Lo que le están preguntando es si le ha pasado algo de lo que cuenta en el libro, como si lo que le pasara a una persona en lo que llamamos realidad fuera más verdadero y más real que lo que ocurre en el campo de sus deseos y de sus sueños. 

No creo que haya más verdad en las palabras que decimos que en las que pensamos, como no creo que sea más verdadero lo que hacemos en la realidad que en el campo de los sueños y los deseos. La vida, en realidad, es más pequeña que los sueños. La realidad ocurre y tiene a su favor que es tangible, que puede tocarse con las manos como se toca un tenedor o un secador de pelo. A los deseos, sin embargo, es difícil alcanzarlos con las manos, pero por esa misma razón son más difíciles de destruir. Los sueños son como notas de piano que la realidad, con su ruido, sus gritos y sus voces, puede convertir en inaudible. Pero nadie puede impedir que, a pesar de ello, esas notas sigan sonando en nuestro interior, recordándonos que la realidad no es lo mismo que la verdad. Verdad es los sueños mientras duran. Y algunos pueden durar toda una vida. Solo hace falta que sople un poco de viento de vez en cuando, para que la ventana se abra y los deje respirar. 

Eskerrik asko

Aitaren etxea nobelak Euskadi Literatura Saria irabazi duela ta, eskerrak eman nahi dizkiet sariaren epaimahaiko kide guztiei, Elkar algitaletxeari, liburu-saltzaileei ta bereziki irakurleei, liburua argitaratu zenetik sentitu baitut haien babesa eta konpainia. Eskerrik asko!

Tras la concesión del Premio Euskadi de Literatura a la novela Aitaren etxea, quiero dar las gracias a quienes han compuesto el jurado del premio, a la editorial Elkar, a las y los libreros por su apoyo, y en particular, a las y los lectores, a quienes he sentido muy cerca desde que se publicó el libro. Eskerrik asko!

Desilusión

De la desilusión no se vuelve. Es un camino sin retorno. Por eso es tan peligrosa la desilusión, por eso duele tanto. En la vida, puede ocurrir que nos enfademos con un amigo o una amiga y que, con el tiempo, nos reconciliemos; puede ocurrir que una relación amorosa se apague por un tiempo y que, como las brasas cuando se soplan con un fuelle, vuelva de repente a encenderse otra vez… Nos podemos recuperar del enfado, del sentimiento amoroso, del dolor…, pero no de la desilusión. Cuando una persona nos desilusiona, es como si hubiese pasado una frontera y se hubiese cerrado una puerta a sus espaldas. Ya no puede volver a tu mundo, a tu confianza, a tu alma. Ya no puede volver a convertirse en parte de tu ilusión. Aunque quieras. Y eso es lo doloroso, que, aunque quieras recuperar a esa persona, la desilusión la ha expulsado ya de tu vida. La desilusión manda más que tu voluntad.  

La desilusión es como algunas palabras, que marcan un camino de no retorno. Hay palabras que una vez dichas no tienen vuelta atrás. Cuando una pareja se pierde el respeto, por ejemplo. Hay un antes y un después.  Aunque la pareja se mantenga unida, esas palabras seguirán sobrevolando siempre la relación como buitres.  

La desilusión suena como un piano cuando no se sabe tocar. Es esa mezcla de notas y sentimientos en distintas direcciones que rompen la armonía y crean un estruendo imposible que nos molesta, nos disgusta, nos altera los nervios. 

De la desilusión no se vuelve. Así que es importante andar con cuidado para que ni las personas, ni los proyectos en los que nos embarcamos nos desilusionen, pero, sobre todo, hay que andar con cuidado para no desilusionar a las personas que nos rodean, a las que realmente nos importan. A veces basta con mostrar de vez en cuando que nos preocupa lo que pasa en sus vidas para no pasar la frontera de la desilusión. A veces basta con avivar las brasas con el fuelle de vez en cuando para no llegar a ese estadio de no retorno. Ánimo, quizá estemos aún a tiempo.

El calcetín

Cuando hace la colada se encuentra un calcetín desparejado un día sí y otro no. Y siente como si el orden del mundo se tambaleara. El calcetín se convierte en ese pequeño guisante bajo el colchón de la princesa que, a pesar de ser poca cosa, con el paso del tiempo se siente y acaba doliendo. Cada vez que se queda con uno de esos calcetines solteros en la mano, no sabe muy bien dónde dejarlo: lo mete en un cajón, lo devuelve al cesto de la ropa sucia, lo esconde bajo los demás calcetines con la esperanza de que en aquella oscuridad encuentre pareja por su cuenta… Y se siente mal. Así años y años.

Pero hoy ha ocurrido algo importante. Un calcetín desparejado ha amenazado otra vez su equilibrio, pero, en esta ocasión, sin tiempo para pensarlo, ha cogido el calcetín y lo ha tirado a la basura. Y en ese momento, además de sorprenderse por su acción, ha sentido un placer desconocido. Ha sido como quitarse una pesada mochila de la espalda. Y se ha reído. Años y años de malestar cada vez que se encontraba un calcetín solo, y mira, lo fácil que era: bastaba con tirarlo a la basura. Fin.

Y así con tantas cosas. Su hija le ha preguntado si puede quedarse a dormir en casa de una amiga y le ha respondido que sí a la primera, que vaya, que se lo pasen bien. Se le ha quedado mirando unos segundos para comprobar que no es una broma, que su madre, la que siempre le persigue con el rosario de “ten cuidado-no vengas tarde-ni se te ocurra-ni por favor ni porfavora”, de repente, le ha dicho que sí y le ha sonreído. Lo que no sabe su hija es que esa sonrisa responde al alivio que siente tras tantos años de preocupaciones por su hija, de noches sin dormir esperando a que llegue… No sabe que esa sonrisa no significa “pásatelo bien”, sino “allá cuidaos”.

Y al oír el sonido de la puerta cuando se ha marchado su hija, ha pensado en lo equivocada que ha estado hasta ahora, siempre intentando controlar el mundo que le rodea, retenerlo, cuando muchas veces solo hay una manera de retener lo que realmente necesitamos: dejándolo marchar.