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NIEVE EN AGOSTO
(2017-04-14)

En casa siempre me enseñaron que es importante hacer las cosas a su tiempo. Que es mejor irse de juega de joven, por ejemplo, y no empezar a salir por la noche cuando ya tienes una edad y más responsabilidades. Nunca me han gustado las generalidades, porque creo que cada persona debe decidir qué hacer en cada momento y que las circusntancias de cada persona son diferentes, pero es cierto que cuando las cosas suceden a destiempo, lo que en un época podría haber sido normal, se convierte en un elemento distorsionador.
Las leyes de la naturaleza son un buen ejemplo del “cada cosa a su tiempo”: En invierno, los árboles desnudos y el viento norte; en primavera las flores y la vida naciendo por todas partes; en verano, un sol eterno y un día que no acaba; en otoño, los ocres, naranjas y colores rojizos de los bosques… Y lo que es normal en una estación, está fuera de lugar en otra. Como nevar en agosto.
La muerte es una meta de la que nadie se libra. Sabemos que llegará. Y la muerte de un amigo siempre duele. Pero cuando esa muerte llega a destiempo, demasiado pronto, cuando aún no tenía que llegar, entonces sientes que la supuesta armonía de la vida se rompe.
Esta semana se ha muerto un amigo. Y las playas de agosto se han llenado de nieve. La muerte siempre es dolorosa, sí, pero cuando llega a destiempo, desafiando las leyes de la naturaleza, cuando ocurre en mitad de una vida, cuando aún quedan tantas cosas por vivir, entonces además de ser dolorosa, se convierte en algo insorportable, inaceptable.
Y aún así, ahí están, en pleno abril, los árboles llenos de flores; el sol, haciendo brillar al mar; el viento sur, acariciando nuestros rostros, aún vivos.
Iba a escribir que es difícil apreciar tanta belleza cuando llevas una playa nevada en el corazón, pero creo que ocurre justo lo contrario. Creo que es entonces cuando la belleza de la vida se nos hace más intensa, dolorosa pero intensa, y nos queda más claro que nunca el valor de la vida, ese tesoro que podemos perder en cualquier momento. Agur eta ohore, Aitor. Un abrazo infinito para toda la familia.

BRASAS
(2017-03-31)

Suponen una especie de letargo, esos momentos intermitentes de silencio o de distancia que se producen en algunas relaciones. Generalmente solo ocurre en las grandes relaciones, las de largo recorrido, las de toda una vida. Tienen momentos de esplendor, pero también momentos en los que duermen en una cueva, como los osos que hibernan; momentos en los que la relación parece apagarse, la amistad parece enfriarse y los encuentros se distancian en el tiempo. Solo las grandes amistades y las relaciones fuertes superan estos periodos; las débiles, enferman y mueren en la húmeda cueva, y nunca vuelven a renacer.
Sin embargo, las amistades de toda una vida se pueden permitir el lujo de tener momentos intensos y después otros de letargo, de hibernación, de separación o lejanía, sin por ello tener que morir. Porque tienen el don de resucitar. Y el día en que resucitan se convierte en un día que bien podría contener en sí mismo 365 días o 720. Porque ese primer día en el que vuelves a reunirte con una vieja amistad, nunca se siente como un día en el que algo comienza, sino en el que algo continúa. Es como aquel “Como decíamos ayer” de Fray Luis de León a sus estudiantes tras cuatro años de ausencia. Reunirte con una vieja amiga o un amigo de toda la vida y volver a hablar como habéis hablado siempre, compartir los guiños cómplices, recordar los momentos de tu historia que también son momentos de la suya, supone un momento sublime, porque constata la calidad, la verdad y los quilates de esa relación. Esas palabras compartidas, en unas voces conocidas en profundidad por ambas partes, son onzas de chocolate negro en nuestro paladar.
Y sí, los reencuentros son maravillosos, pero hay algo mejor que volver a ver renacer una vieja amistad: saber que si mañana se apaga o adormece, no lo hará para siempre; saber que siempre quedarán las brasas, esperando a que alguna de las partes decida soplar sobre ellas para encender la llama otra vez.

BELLEZA
(2017-02-28)

Subo al autobús y miro a las caras de la gente. Gente con el rostro serio de la rutina y de los sueños sin cumplir. Miro después por la ventana al conductor de un coche que fuma con ansiedad, y más que consumirse el cigarro, da la impresión de que se está consumiendo a sí mismo dentro de esa nube de humo y mal humor. En la siguiente parada, veo a una mujer que se muerde las uñas mientras mira al infinito. Se muerde sus propias preocupaciones. Del portal que hay a unos metros una pareja sale chillándose mutuamente ante la atenta mirada de su hija. Veo los ojos de angustia de una mujer que empuja con un brazo el carro de una niña, mientras del otro le cuelga otro niño que berrea porque no quiere ir a clase. Una adolescente cruza el paso de cebra llorando mientras habla por su móvil.
Miro alrededor y, lo siento, pero veo mucho sufrimiento. Veo las caras gastadas por la vida y sus preocupaciones, manos y miradas ajadas, dientes apretados por la intensidad de la lucha diaria.
Y esta realidad choca frontalmente con la que me muestran las marquesinas por las que paso, las fotos de las revistas, o las imágenes de felicidad, disfrute y perfección que me muestran los anuncios de la televisión. Cómo es posible, pienso, que la brecha sea tan profunda, que el choque sea tan brutal. Cómo es posible que hayamos llegado a creer que esa belleza ficticia que nos venden es real y que lleguemos a sentirnos hasta culpables y castigarnos por no parecernos a esa imagen ideal, por no tener ese cuerpo, esa sonrisa, esa vida. Pienso en cuánta belleza engañosa nos venden y lo poco que se parece a la realidad en la que tanta gente sufre.
Y, sin embargo, bajo del autobús, cruzo la carretera y veo que al árbol de la acera de enfrente le han salido esas florecillas blancas que anuncian la inminente llegada de la primavera. Y entonces pienso, sí, existe una belleza real, una belleza que podemos intuir en esas flores, o en la música, en el arte, en un abrazo, en un gesto solidario, en unas risas compartidas, en un beso sincero, en la satisfacción del trabajo bien hecho, en el olor de nuestra piel bajo el sol… Una belleza que no, no cabe en las marquesinas publicitarias, y que sí, nos enseña que merece la pena seguir.

CRY BABY
(2017-02-17)

Oigo la voz de Janis Joplin en el televisor. Miro a la pantalla con la esperanza de verla cantando Cry Baby, y oh, horror, es un anuncio de un banco. No me lo puedo creer. Ay, si Janis levantara la cabeza.
Y no es la primera vez que siento algo parecido, como si siempre apareciera alguien vaciando de contenido una y otra vez el sentido de una canción, de una imagen, de una palabra. Porque vivimos en una época en la que planeamos en la superficie de las cosas, hablamos sin pararnos a pensar demasiado en el sentido de las palabras, utilizamos himnos y camisetas serigrafiadas con frases que no entendemos.
Es igual, hoy puedes perfectamente utilizar una canción fuera de su contexto y de su sentido para que un banco consiga más clientela, como puedes descargarte en tu móvil el politono God save the queen de los Sex Pistols. Ya no es subversivo, son unas notas y unas palabras sin sentido, nada más. Hoy, puedes encontrarte tu canción bandera de juventud en una campaña institucional o en el lema del anuncio de un coche… Si la voz desgarrada de Janis ha sido utilizada en un anuncio de un banco, cualquier cosa es posible.
Tras escuchar su canción tan fuera de contexto, me he acordado de Evaristo cuando cantaba “Punky de postal, punk de escaparate. Moda punk en Galerías…”. Y sí, vivimos en una sociedad que tiene mucho de postal y de escaparate. Porque lo que ayer era marginal hoy se vuelve cool y puedes ir a una fiesta o a una entrega de premios con los pantalones rotos o con cresta. Es simplemente un asunto estético, hablamos de estilismo nada más, nada que ver con una manera de enfrentarse al mundo que se desprendía de ciertas vestimentas en una época.
Hemos vaciado muchas palabras, muchas imágenes, muchos himnos y muchas canciones. Y es que nos es más fácil vivir en la superficie de las cosas que entrar en profundidades que pueden resultarnos incómodas o dolorosas. Así pues, cantemos todos y todas juntos Cry baby, con los ojos cerrados, para no ver todo aquello que en esta sociedad podría hacernos llorar de verdad.

SIN MANOS
(2016-12-16)

Un chaval andando en bicicleta, con las manos en los bolsillos de la cazadora, bien tieso, como si fuera de pie en la parte trasera de un descapotable. Va rápido. Demasiado rápido. Cualquier imprevisto, un bache en el pavimento, una mujer mayor que aparece de repente, un niño que se cruza, otra bicicleta que va con prisa, un coche que sale del garaje… No le va a dar tiempo a reaccionar. En fin. Parece que a esa edad es difícil ver los peligros. A esa edad, es normal volar por encima de los baches, de los coches, de los miedos.
No recuerdo haber ido en bici sin manos cuando era adolescente, pero sí recuerdo esa falta de vértigo, esa inconsciencia disfrazada de valentía, esos saltos al abismo. Saltábamos sin red, pero sin ser conscientes realmente del peligro. Va con la edad. Como va con la edad tener cada vez más miedos, ser cada vez más conscientes de los peligros, reconocer cada vez con más facilidad nuestra vulnerabilidad.
Supongo que lo más inteligente para andar por el mundo será combinar la persona adolescente y la adulta que llevamos dentro: no actuar sin pensar nunca en las consecuencias y arriesgando nuestra vida, pero tampoco dejarnos paralizar demasiado por nuestros miedos.
Y pienso que en nuestro caso, podemos elegir. Podemos decidir andar en bicicleta sin manos, o aferrarnos con cuidado a la barandilla cuando bajamos las escaleras, pero que en este mundo hay mucha gente que no puede decidir. Pienso en Alepo, no puedo quitarme de la cabeza algunas imágenes de niñas y niños que han descubierto al mismo tiempo las dos edades, la adulta y la joven. Sufren el miedo, el terror y el dolor de las personas adultas, mientras el mundo les condena a tirarse al vacío, en bicicleta y sin manos.  Y en este caso no es la inconsciencia de su juventud la que les hace tirarse el vacío, es la inconsciencia y la estupidez de un mundo que desprecia la vida ajena mientras compra en grandes almacenes los últimos regalos de Navidad. Un mundo que va cuesta abajo, sin manos y sin frenos.

PALABRAS
(2016-11-25)

Mi abuela decía que las palabras son muy baratas. Que es muy fácil decir cualquier cosa, y que, sin embargo, es muy difícil hacerla. Mi abuela decía que habría que pagar por utilizar algunas palabras, cinco pesetas por lo menos por cada palabra. Así la gente no utilizaría algunas palabras sagradas como le diera la gana. Mi abuela no me dijo nunca cuáles eran esas palabras sagradas, pero muchos días recuerdo lo que decía cuando escucho a la gente debatir sobre algún tema, bien en el bar, en la televisión o en el Parlamento. Siempre aparece alguien que me recuerda lo que decía mi abuela. Siempre hay alguien que vacía las palabras por dentro y las utiliza como globos llenos de aire que lanza al cielo. Se olvidan del peso de algunas palabras, se olvidan de lo que cada palabra trae consigo.
Cuántas palabras hemos vaciado así… La palabra Libertad, por ejemplo, hoy se utiliza al mismo tiempo en el mitin de un partido político y en el anuncio para vender un coche. La palabra Democracia. Se ha utilizado para defender cosas tan dispares que hoy casi hemos olvidado su verdadero significado.
Hoy es 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y hoy comprobamos con satisfacción que son cada vez más personas las que verbalizan su postura contraria a la violencia contra las mujeres. Y digo con satisfacción, porque convertir los pensamientos en palabras es el primer paso para aportar algo. Pero en el día de hoy, me gustaría que todas las personas que utilizamos estas palabras fuéramos realmente conscientes de que no son palabras vacías, que son palabras que llevan una pesada carga consigo, que utilizar esas palabras trae consigo irremediablemente tener un compromiso activo diario con actitudes igualitarias, en cada paso que damos, en cada decisión, en cada gesto que se convierte en modelo para nuestras hijas e hijos, para quienes vienen por detrás. Y si no es así, creo que tendríamos que empezar a cobrar por utilizar algunas palabras. Cinco pesetas por lo menos por cada palabra, como decía mi abuela.

DESAYUNOS
(2016-11-11)

Llega el fin de semana y Sofía se levanta sigilosa de la cama. Con las zapatillas de casa en las manos, cruza el pasillo descalza hasta la cocina, casi conteniendo la respiración, sin querer hacer ningún ruido que despierte a su hija e hijo pequeños. A pesar de ser sábado, Sofía ha puesto el despertador para levantarse un poco antes que el resto de la familia y así poder desayunar sola, ese gran placer, esa deseada isla de silencio en medio del alboroto tenso de cualquier casa en la que vivan criaturas.
Sofía pone el café, prepara las tostadas, enciende el iPad para repasar la prensa, se sienta, y justo en el momento en que moja la tostada untada en mantequilla y mermelada en el café, oye la temida alarma: ¡Amaaa! Se acabó el desayuno, se acabó la prensa, se acabó la paz. Si es que parece que me huelen, piensa, mirando al café que sabe se va a quedar frío para cuando vuelva a sentarse.
Han pasado algunos años de aquello. Sofía recuerda aquel cansancio permanente de cuando su hija y su hijo eran pequeños, aquella búsqueda inútil de espacios propios, y recuerda aquella escena en la que intentaba desayunar sola sin éxito. Lo recuerda mientras desayuna sola, hoy, con su café, sus tostadas y su prensa. Su hijo mayor estudia en el extranjero y hace ya dos meses que no lo ve. La pequeña ha ido a dormir a casa de una amiga, o eso es lo que le ha dicho al menos.
Hoy no ha tenido que cruzar sigilosa el pasillo ni contener la respiración para no despertar a nadie. Hoy está sola por fin. Y lo que en un tiempo suponía para ella una meta placentera, un sueño a alcanzar, hoy, por primera vez, le ha hecho sentir el eco de una habitación vacía, el frío de unas sábanas sin abrir. Y, de repente, se ha dado cuenta de que echa de menos el ruido, los pijamas manchados de Colacao, los besos matinales con sabor a galleta… Le da un sorbo al café, cierra los ojos, y se queda quieta, como esperando oír de un momento a otro una voz que la llama desde la habitación, una llamada en otro tiempo tan temida y que hoy empieza a ser añorada.

KAS PARA TRES

(2016-09-17)

1976. Veo un botellín de Kas naranja sobre la barra y tres vasos a su lado. Es un botellín con el nombre Kas dentro de un círculo rojo serigrafiado directamente sobre el vidrio. Un Kas para tres, y una bolsa de patatas fritas para compartir. Ese era el momentazo que mis hermanos y yo disfrutábamos los domingos por la mañana. Sólo los domingos por la mañana. Era lo que había, mis padres no eran ricos, y mis hermanos y yo, en consecuencia, tampoco. Lo sabíamos y tampoco pedíamos mucho más. No teníamos dinero, pero puede decirse que teníamos consciencia de la realidad. Algo es algo.
2016. Una amiga me dice que se va a teñir el pelo en casa. Le pregunto si ya no va a la peluquería como lo ha hecho siempre. Me dice que esta vez no, que se va a quitar de ir a la peluquería porque su hijo quiere un juego de la PlayStation y se lo va a comprar. La economía de casa no le da para las dos cosas en un mismo mes, ya sabes lo que valen esos juegos, me dice. Y también sé lo que cobra en la fábrica en la que trabaja a turnos. La camarera, tras escuchar la conversación, dice: “Estamos haciendo hijos ricos de padres pobres”.
Mi amiga y yo nos quedamos pensando. Es el momento de dar un trago al café que tenemos enfrente. No sé realmente lo que piensa ella, pero yo sigo preguntándome qué es lo que ha cambiado desde aquella época del Kas en tres vasos a ésta en la que tenemos en la nevera latas de Aquarius por si nuestras criaturas tienen sed un lunes cualquiera.
Han pasado muchas cosas. Hoy el nivel de consumo es mayor que hace cuarenta años, pero lo que ha cambiado de manera radical es la percepción de muchas y muchos menores sobre la realidad que les ha tocado vivir. Muchos niños y niñas cuyos padres y madres se matan para llegar a fin de mes viven, sin embargo, en un espejismo de comodidad y consumo que no corresponde con su realidad.
Con la excusa de “por los hijos lo que sea”, hay gente que pide un crédito para ir Disneyland París, o deja de comprarse ese abrigo que necesitaba para el invierno para hacerse con una mochila de ruedas de última generación. Muchas niñas y niños están viviendo en una burbuja irreal. Sienten que son ricos sin serlo. Lo peor es que quizá cuando lleguen a ser adultos puedan sufrir un shock al comprobar que con lo que llevan en la cartera les llega únicamente para un Kas. Y para tres.

AL OTRO LADO
(2016-06-24)

Si tienes una edad seguro que te acuerdas del 13 Rue del Percebe, aquel cómic de Francisco Ibáñez en el que el interior de los pisos de todo un edificio aparecían a la vista. De un vistazo se podían ver las vidas de una familia numerosa, de una mujer mayor que vivía sola, de la portera que se pasaba el día barriendo, de un caco y hasta de un hombre que escapaba continuamente de quienes le perseguían por sus deudas. En la época en la que leías aquellos tebeos, mirabas a las fachadas de los edificios y te imaginabas cómo serían las vidas de quienes vivían dentro. Y sin embargo, y como el tiempo lo atrofia todo, sobre todo la capacidad de imaginar, ya de mayor, pasas por las calles y no ves más que piedra y ladrillo y te cuesta pensar en que detrás de cada ventana, de cada persiana o cortina, hay muchas vidas, vidas muy distintas, que podrían protagonizar, cada una de ellas, una novela.
Esta semana en una de las casas de tu ciudad han matado brutalmente a una mujer. Y no puedes evitar pensar en cómo vivía, cuál fue la historia de su vida. Inevitablemente, piensas que viviendo en la misma ciudad, a las y los habitantes de la misma nos separan algo más que los tabiques y las paredes de pladur. En muchas ocasiones, nos separa un mundo.
Hay, por ejemplo, quien este invierno no ha podido encender la calefacción, hay quien tiene que calcular el precio de lo que compra en el supermercado céntimo a céntimo, hay quien lo tiene todo y quiere mucho más, hay quien sufre violencia dentro de su propia casa, hay quien es feliz a ratos, hay quien sueña con una vida mejor mientras prepara la cena, hay quien no puede ni salir de casa… y también hay quien no tiene ni casa donde llorar su pena.
El tiempo lo atrofia todo, sobre todo la imaginación, y te cuesta imaginar lo que se vive dentro de cada piso, darte cuenta de la diversidad, de las vidas tan distintas dentro de una misma ciudad. Y piensas en que cada vez que vayas a dar una opinión o vayas a decidir algo que pueda afectar a la sociedad en la que vives, vas a intentar recuperar aquella mirada infantil, y vas a procurar ver el interior de cada edificio, las vidas, tan diferentes, de todas las personas que viven en una misma ciudad. Vas a intentar mirar más allá de tu propia vida.

A SU SERVICIO
(2016-04-01)

“¿Y usted señora, qué prefiere, tomarse el medicamento en pastilla o le recetamos uno para disolver en agua?” La mujer no sabe qué responder al médico. “No sé, ustedes sabrán. Yo no sé nada”. Mira a su hija, que ha dormido esta noche en el hospital junto a ella, para que le ayude a responder, pero la hija lo único que hace es repetir la pregunta del médico: “Ama, que si prefieres el medicamento en agua o en pastilla”. Sigue sin saber qué responder: “Ustedes sabrán qué es mejor, ustedes son los médicos, yo no entiendo”.
Escucho la conversación desde la cama de al lado y me quedo con el “yo no sé nada”, y con el “yo no entiendo” de la mujer, a la que le tiemblan las manos, nerviosa ante el médico. Intento entender el bloqueo de la mujer y pienso en dos razones. Una, la mujer no está acostumbrada a que le pregunten qué prefiere, no está acostumbrada a que le pregunten qué quiere. Es ella, como otras tantas mujeres de su generación, la que siempre ha preguntado a los demás qué quieren, y no al revés. Y dos, la mujer considera que “no sabe nada”, porque a lo largo de su vida nadie le ha dicho ni le ha reconocido todo lo que sabe, e incluso es probable que haya ocultado muchas veces su opinión por miedo a que le censuren con un “calla, que tú de esto no sabes”.
La mujer sabe mucho de muchas cosas, y muy importantes, pero precisamente son las que nuestra sociedad no valora. Sabe cuidar a las personas como si fuera la mejor doctora, sabe gestionar una casa con la profesionalidad de una gestoría, ha llevado las cuentas de su casa en tiempos buenos y malos como una gran economista, le ha tocado escuchar, acompañar y aconsejar como una psiquiatra, ha reestructurado habitaciones como la mejor diseñadora y arreglado ropas como una modista… La lista puede ser interminable. Sin embargo, ella “no sabe nada”, y sigue al servicio de los demás: “Ustedes saben. Ustedes dirán”.
Ya es hora de hacer justicia.

DECIDIR
(2016-03-11)

No es fácil tomar decisiones. Quizá decidir sea de los retos más difíciles que se nos presentan en la vida. Hay veces, muchas veces, que las personas preferimos darle vueltas constantemente a una rotonda, con el riesgo de marearnos, a tomar una de las salidas. ¿Cuál de ellas será la mejor? Y, sin embargo, estamos tomando decisiones todos los días, a veces de manera inconsciente, incluso a veces a través de “tomar indecisiones”. Porque no tomar una decisión, o demorarla hasta dejarla morir, es también decidir: decidir no hacer nada. Y eso también tiene sus consecuencias.
Tomar decisiones es difícil, pero creo que es lo que hace que una persona se sienta viva. Decidir es un derecho que nos hace sentirnos capaces de cambiar las cosas, que nos da poder, pero es difícil porque ante una decisión siempre aparece el miedo a equivocarse, a perder lo que se tiene o lo que te ofrecen el resto de caminos. Porque decidir es elegir, pero, al mismo tiempo, es renunciar.  Y no hay decisión que no suponga una pérdida.
Hay personas que esperan. Y esperan. Y esperan. Tienen que verlo todo muy claro antes de tomar una decisión. Y es cierto que hay que pensar, que precipitarse puede ser peligroso, pero pretender verlo todo con claridad antes de decidir supone en muchos casos no tomar nunca la decisión, porque toda decisión tiene su zona de sombra, que sólo podremos descubrir una vez que la tomemos.
Decidir es difícil pero hay algunas decisiones más difíciles que otras. A veces oigo comentarios que critican que una madre o un padre decidan arriesgar la vida de sus hijas e hijos metiéndolos en una balsa o en una patera para intentar llegar a Europa. Deberían hacer el ejercicio de ponerse en la piel de quien tiene que tomar tan cruda decisión: morir en su tierra o arriesgarse a morir intentando escapar de la misma. Y mientras tanto, Europa “tomando indecisiones”, dando vueltas y vueltas sin parar a una sangrienta rotonda.

NUBES DE ALGODÓN
(2016-02-26)

Recuerdo los días en los que me ponía enferma y no podía ir a clase. Tenían algo especial. A pesar de la fiebre, o de las molestias de una gastroenteritis, o de lo incómodo de las toses y los estornudos, había algo en aquellos días que me hacen recordarlo como un espacio de paz, un espacio blanco y acogedor, dulce como una nube de algodón.
De repente, descubría los sonidos de la casa por la mañana, muy diferentes a los de la tarde, y muy diferentes también a los de esa hora en clase. No se oían gritos del recreo ni risas infantiles, y sí el sonido de una cuchara contra una cazuela, un batir de huevos, el choque de los platos en la fregadera… Tampoco oía las voces de mis hermanos, ni la conversación entre mi padre y mi madre mientras cenaban viendo el telediario. Sólo estábamos mi madre y yo. Ella trabajando sin parar y yo en la cama.
Mi madre me traía un zumo de naranja a la cama o me daba el transistor para que escuchara aquellos programas con oyentes que pedían canciones, o compartían recetas de cocina, trucos caseros… Recuerdo el momento en que mi madre me hacía levantarme de la cama, me daba otro pijama, y cambiaba las sábanas. Recuerdo aquel olor a limpio, aquellas manos alisando la sabana bajera.
Recuerdo aquellos días con dulzura porque el mundo parecía pararse, porque me permitían ver la vida desde otro lugar, pero, sobre todo, porque me hacían sentirme especialmente cuidada. Hay días en los que me gustaría recuperar un día así, aunque no a costa de alguien a quien no se ha permitido hacer otra cosa que cuidar y a quien se ha obligado a renunciar a tantas cosas.
Creo que todas las personas merecen ser cuidadas, especialmente las que cuidan a otras personas, y creo que todas y todos tenemos la responsabilidad de cuidar, como lo hicieron en otra época aquellas mujeres que eran capaces de transformar periodos de enfermedad en espacios dulces como nubes de algodón.