Poemas

AHORA TENEMOS MUERTOS

Ahora tenemos muertos.
Se nos murieron amigos,
el padre, la madre.
Ahora ya sabemos qué hay que hacer,
a dónde tenemos que llamar,
cuánto vale una corona de flores.

Entonces
las mariquitas despegaban volando de nuestra palma
y entre nuestros dedos
sobrevivía la cola de una lagartija.

Ahora
se nos mueren los geranios en el balcón,
y los echamos a la basura con su tierra y su raíz.
Con su tiesto rojo.

Entonces
éramos con alguien,
contábamos a alguien,
alguien nos nombraba y contestábamos:
presente.

Ahora
cuando ya no te llama nadie,
un teléfono te asusta por la noche.
Perdona ¿no te acuerdas de mí?
Una voz te pide ayuda.
Dice: no-sabía-qué-hacer.
Dice: no-sabía-a-quién-llamar.

Ahora estamos solos.
Ahora tenemos muertos
y ya sabemos qué hay que hacer.
Entonces
no sabíamos andar en bicicleta.
Ahora tampoco.

 

 

ESAS PALABRAS

Quisiera palabras
desnudas,
con el sentido que tuvieron
al ser usadas por primera vez.

Quisiera palabras
sin rebozar en harina y huevo,
tan brillantes
como peces recién salidos del agua.

Quisiera pelotas que golpean fuerte
contra la pared,
producen eco
y vuelven vivas.

Quisiera palabras
salidas del estómago,
sin edulcorar,
con la verdad del orujo,
bellas e incómodas
al mismo tiempo,
que generen
paz e inquietud.

Quisiera palabras
que se convierten en carne,
palabras que,
al igual que el viscoso recién nacido,
estén sucias de vida
antes de empezar a vivir.

 

EL VERANO ERA

El verano era
el olor de tu piel caliente.
Era salitre en las piernas,
espuma de cerveza
en los labios.

El verano era
la ventana de la cocina abierta,
y el chirriar
de los grillos.
Era las estrellas
y los dos descalzos
sobre la baldosa blanca.

Desde que te fuiste
el verano es
el sonido de una persiana
que se cierra.

 

NO ME MIRES

No me mires,
porque tu mirada
me lleva a un espacio oscuro
en el que tengo que palpar las cosas
para intentar darles nombre.

No me mires,
porque me llevas a un cuarto sin luz
en el que sólo reconozco mis latidos
y mi respiración.

No me lleves contigo,
prefiero quedarme aquí,
junto a la cafetera,
las llaves de casa,
el viejo felpudo.

No me alejes de las cosas,
ya aprendí a esquivar sus esquinas,
ya conozco los olores
de su madera vieja,
de su nuevo metal.

No me lleves lejos de los bostezos,
de las conversaciones de ascensor,
de las comidas familiares,
del sexo programado,
de la impaciencia de esperar siempre
al mismo autobús.

No me mires,
porque me elevas a una cima
donde hay algún peligro,
seguro,
una helada, un alud,
una inundación
que se se llevará consigo
las sillas, las macetas, las listas de la compra, los tenedores, los libros,
todas las cosas de verdad
que me protegen.

 

ARMONÍA

Olor a café al despertar,
el sonido de las tazas
desde la cocina,
el sol dibujando curvas
en las sábanas que conocí ayer.

Tumbada sobre tu olor,
guiño a los cuadros
que esta noche
han sido testigos
de nuestra pasión.

Las ramas de los árboles
rozan la ventana,
el despertador de la mesilla
se convierte en diapasón:
Un, dos, tres, cuatro.

Oigo pasos descalzos
por el pasillo.
Traes la bandeja del desayuno,
con su café,
su leche,
su pan recién hecho
y su periódico ensangrentado,
esta mañana
llena de armonía.

 

ÁRBOL EN DICIEMBRE

Soy un árbol en diciembre,
tengo los dedos dormidos,
no busques caricias,
no lo intentes,
ya cayeron las hojas
que danzaban con tu aliento.

No busques caricias,
no lo intentes,
ahora soy
un árbol en diciembre,
y en mis ramas
sólo quedan
unas uñas afiladas.

MI PAÍS

El cielo de mi país no es plano,
lo engordan las nubes.
No hay nada plano en mi país,
se esconden muchos grises
en cada nube.

El cielo de mi país pesa mucho
y donde más se nota es aquí,
entre el cuello y la espalda.
Las nubes
en mi país
siempre están preparadas
para descargar sobre alguien.

La tierra de mi país
está plegada en miles de arrugas,
y entre las sombras de los pliegues
ha sobrevivido su lengua.

En mi país
los recién nacidos
tienen voz de viejo.

En mi país
hay muchas palabras
bajo la tierra.

Muchas conversaciones
han empezado en el cementerio,
en mi país.

 

NO ES LA LLUVIA

No es la lluvia,
no me duele,
las nubes ponen límite
al mundo
y me protegen.

No es el invierno,
no me duele,
la oscuridad acorta los días
y eso me tranquiliza.

Son el sol,
sus destellos en una ventana lejana
que se abre,
el viento sur,
el aroma del verano,
lo que me duele.
Porque el mundo se amplía
se alarga,
se extiende,
y entonces
todo pasa
en otro sitio.

 

EL PAÑUELO MOJADO

Lo que más añoro de todo
no son las pagas del domingo,
ni los dibujos animados,
ni el escondite en el parque.

Lo que más añoro de todo
no es el salto a la piscina,
ni los sudores en la cancha,
ni merendar con margarina.

Lo que más añoro de todo,
lo que realmente echo en falta,
es saber que siempre habrá alguien
con un pañuelo mojado en saliva
dispuesto a limpiar los restos
de desayuno de mis labios.

EL CHAPOTEO

Cada vez
que el médico me ausculta
me pregunto
si con ese aparato
llegará a escuchar
el chapoteo
de mis charcos.

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