El pañuelo mojado

Lo que más añoro de todo
no son las pagas del domingo,
ni los dibujos animados,
ni el escondite en el parque.

Lo que más añoro de todo
no es el salto a la piscina,
ni los sudores en la cancha,
ni merendar con margarina.

Lo que más añoro de todo,
lo que realmente echo en falta,
es saber que siempre habrá alguien
con un pañuelo mojado en saliva
dispuesto a limpiar los restos
de desayuno de mis labios.

No es la lluvia

No es la lluvia,
no me duele,
las nubes ponen límite
al mundo
y me protegen.

No es el invierno,
no me duele,
la oscuridad acorta los días
y eso me tranquiliza.

Son el sol,
sus destellos en una ventana lejana
que se abre,
el viento sur,
el aroma del verano,
lo que me duele.
Porque el mundo se amplía
se alarga,
se extiende,
y entonces
todo pasa
en otro sitio.

Árbol en diciembre

Soy un árbol en diciembre,
tengo los dedos dormidos,
no busques caricias,
no lo intentes,
ya cayeron las hojas
que danzaban con tu aliento.

No busques caricias,
no lo intentes,
ahora soy
un árbol en diciembre,
y en mis ramas
sólo quedan
unas uñas afiladas.

No me mires

No me mires,
porque tu mirada
me lleva a un espacio oscuro
en el que tengo que palpar las cosas
para intentar darles nombre.

No me mires,
porque me llevas a un cuarto sin luz
en el que sólo reconozco mis latidos
y mi respiración.

No me lleves contigo,
prefiero quedarme aquí,
junto a la cafetera,
las llaves de casa,
el viejo felpudo.

No me alejes de las cosas,
ya aprendí a esquivar sus esquinas,
ya conozco los olores
de su madera vieja,
de su nuevo metal.

No me lleves lejos de los bostezos,
de las conversaciones de ascensor,
de las comidas familiares,
del sexo programado,
de la impaciencia de esperar siempre
al mismo autobús.

No me mires,
porque me elevas a una cima
donde hay algún peligro,
seguro,
una helada, un alud,
una inundación
que se se llevará consigo
las sillas, las macetas, las listas de la compra, los tenedores, los libros,
todas las cosas de verdad
que me protegen.

 

 

Esas palabras

Quisiera palabras
desnudas,
con el sentido que tuvieron
al ser usadas por primera vez.

Quisiera palabras
sin rebozar en harina y huevo,
tan brillantes
como peces recién salidos del agua.

Quisiera pelotas que golpean fuerte
contra la pared,
producen eco
y vuelven vivas.

Quisiera palabras
salidas del estómago,
sin edulcorar,
con la verdad del orujo,
bellas e incómodas
al mismo tiempo,
que generen
paz e inquietud.

Quisiera palabras
que se convierten en carne,
palabras que,
al igual que el viscoso recién nacido,
estén sucias de vida
antes de empezar a vivir.

El verano era

El verano era
el olor de tu piel caliente.
Era salitre en las piernas,
espuma de cerveza
en los labios.

El verano era
la ventana de la cocina abierta,
y el chirriar
de los grillos.
Era las estrellas
y los dos descalzos
sobre la baldosa blanca.

Desde que te fuiste
el verano es
el sonido de una persiana
que se cierra.