Vacuna

“Be a lady, they said” es el título de un vídeo que circula por las redes en el que al tiempo que se nos muestran numerosas imágenes de mujeres en anuncios publicitarios, revistas y televisión, se enumeran algunos de los mandatos que las mujeres vamos absorbiendo como una esponja a lo largo de nuestra vida. Mandatos muchas veces contradictorios que nos piden, por ejemplo, ser sexys y puras a la vez, sucias y limpias, celestiales y terrenales. La actriz Cynthia Nixon va enumerando en el vídeo algunos de estos mensajes como: Tu falda está muy corta, tu falda está muy larga, no muestres tanta piel, cúbrete, luce sexy, luce hot, no seas tan provocativa, estás pidiéndolo, sé pura, sé sexual, sé experimentada, sé inocente, sé sucia, no seas tan mojigata… No seas muy flaca, come, adelgaza, no seas gorda…

Estoy viendo el vídeo mientras tengo a mi lado a mi hija, aún niña, pero no por ello libre del bombardeo. Sin cumplir todavía los diez años, la veo imitando gestos sexys de protagonistas de los vídeos que ve en Youtube, subiéndose la camiseta para mostrar el ombligo mientras baila o aprendiendo en un tutorial a pintarse las uñas o los ojos para estar atractiva. La veo viendo imágenes de niñas hipersexualizadas y mirándose después la tripa y diciéndome que está gorda y que igual tiene que hacer dieta, y pienso que está en camino ya, preparada para absorber todos esos mensajes que le incitarán a moldear su cuerpo siguiendo el canon, a mostrarse sexy, a mostrarse hot, a ponerse a dieta, a depilárselo todo…

Y quiero decirle que no, que su tripa es preciosa, que no tiene que convertirse en un objeto para el disfrute de nadie, que es única y valiosa, pero mis palabras no son suficientes para parar la corriente. No tengo mascarilla para parar este virus. O quizá sí. La he llamado a mi lado y nos hemos puesto a ver el vídeo juntas, mientras le hablo, le cuento. Tengo que vacunarla cuanto antes. Tenemos que vacunarnos cuanto antes.

Dueña

Se ha cruzado con un grupo de chicas que están sentadas en un banco, a pocos metros de otro banco en el que hay un grupo de chicos. Risas, miradas de un banco a otro y mucho móvil. Isabel ha pensado que en sus tiempos no había móviles, pero que ya se las arreglaban para comunicarse con quien les interesaba. Y ha recordado aquel momento terrible en el que debía pasar por delante del chico que le gustaba. Y cómo su andar, de repente, se volvía ortopédico, como si se le hubiese olvidado caminar: ¿Cuál va ahora el pie derecho o el izquierdo?
Todavía hoy le pasa algo parecido con la gente que le interesa, le gusta o le importa. Siente ante ellos o ellas como si no fuese del todo dueña de sí misma. Como si el interés por esa persona le impidiera actuar con naturalidad. Y, al mismo tiempo, como si no consiguiera ser del todo racional y no pudiera controlar del todo sus sentimientos. ¿Justamente me tiene que pasar esto con la gente que me gusta? ¿Por qué no puedo ser tan racional y tranquila como con la gente que me da igual? A Isabel le da mucha rabia y piensa que a pesar de que han pasado muchos años sigue haciendo lo mismo que cuando era adolescente. Se vuelve ortopédica. Pierde el control de sí misma.
Con este pensamiento en la cabeza, Isabel ha recordado que en algún momento de su vida leyó algo de Alejandra Pizarnik, no recuerda si un poema o una cita, que decía algo parecido. Y se ha puesto a buscar. Y sí, así es, lo ha encontrado, en uno de sus cuadernos. En algún momento de su vida apuntó estas palabras de Pizarnik: “Qué fácil ser serena y objetiva con los seres que no me interesan, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan… Allí está la cuestión absurda: soy una convulsión”.
Sus palabras le han confirmado una vez más que la literatura sirve en buena medida para que alguien ponga palabras a nuestros propios pensamientos

Palabras

Veo la entrega de los Goya, veo la de los Oscar. Premio a la mejor actriz, al mejor actor, director… Enfocan los rostros de las personas nominadas. Todas tienen el discurso preparado, pero solo una de ellas se levantará de su asiento, llegará hasta el micrófono y lo pronunciará. Cada vez que presencio esta escena me pregunto qué pasa con los discursos que no se pronuncian, ¿dónde se quedan? ¿En la garganta de los nominados? ¿En sus sueños? ¿En sus pesadillas? ¿Realmente existen esas palabras? ¿O es necesario que sean pronunciadas para que existan?
Una mujer habla por teléfono, sentada en un banco del parque de la Florida. Más que hablar, escucha, nerviosa, mientras se muerde las uñas. De vez en cuando coge aire, como si tomara carrerilla para decir algo, pero enseguida algo frena sus palabras, y sigue escuchando y destrozando sus uñas. Vale, pues adiós, dice en un momento, resignada, y al colgar, los ojos se le humedecen. Guarda con rabia el teléfono en el bolso porque le duelen las palabras que no ha dicho, las que no se ha atrevido a decir. “¿Pero, tú realmente me quieres?” Otra vez se ha quedado sin pronunciar esas palabras que tantas veces ha ensayado, como los nominados en los premios del cine. Y ¿dónde se queda esa pregunta?
Siempre he pensado que las palabras que no llegamos a decir son más importantes que las que decimos. Las palabras no dichas existen, aunque nunca salgan de nuestras bocas, porque son las palabras verdaderas, palabras desnudas, limpias de conveniencias, de normas de educación o de orgullo. Son lo que realmente nos gustaría decir al mundo. Pero no siempre se escucha nuestro nombre tras el famoso and the winner is. Y nos las tragamos. E intentamos engañarnos, pensando que si no se pronuncian no existen. Pero, ¿dónde se quedan en realidad las palabras no dichas? Que se lo pregunten a nuestra garganta, a nuestro estómago. El pinchazo nos dice que en nuestra vida se quedan. En nuestra vida existen, vivas.

Un cortado

Has pedido un cortado y otra vez te han sacado un café con leche pequeño. No te gusta, odias la leche, solo toleras una nube en tu café, pero, aun así, te tomas el cortado, pagas y te vas, sintiendo que el blanco líquido se revuelve en tu estómago. Te ha sentado mal. Y te enfadas. Te enfadas con el camarero, te enfadas con el mundo, cuando en realidad deberías enfadarte contigo misma por no haber tenido el valor de decirle que no le has pedido un café con leche, sino un café solo cortado con leche. Un cortado, como su propio nombre indica. Mañana irás a otro bar, y si te vuelven a servir un vaso mitad café mitad leche, ¿volverás a tragar?
Pedir algo y recibir lo que no has pedido. Seguramente volverás a tragar, porque llevas un importante entrenamiento en lo que se refiere a tragar cosas que no te gustan, o más bien, aceptar cosas que no has pedido. Con esa cara de quien acepta “pulpo como animal de compañía”. La vida te ha ido domesticando poco a poco y has aceptado la compasión cuando en realidad pedías ánimos, has aceptado un piropo cuando en realidad solicitabas reconocimiento, has aceptado amistad cuando pedías amor, has aceptado la indiferencia cuando esperabas gratitud… Has recibido mucho de lo que no esperabas y en lugar de volver a pedirlo, has tragado, sintiendo, cada vez, una espina atravesando tu garganta.
Y te preguntas si merece la pena insistir. Pedir una y otra vez a alguien aquello que quieres de él o de ella, cuando intuyes que no importa lo que pidas, que a veces, muchas veces, no te escuchan realmente, simplemente te dan lo que tienen previsto darte.
Como ese camarero. El que no entiende lo que es un cortado. Has decidido que mañana vas a volver al mismo bar. Le vas a pedir un café solo, y cuando te lo sirva, le dirás si te puede echar una gota de leche. Quizá el truco esté en cambiar de estrategia. En no pedir directamente lo que quieres. En hacer ver que quieres amistad, cuando realmente quieres amor; que deseas un piropo, cuando en realidad quieres reconocimiento.

Enero

Enero es un lunes largo. Con sus bostezos de primera hora en el coche, con sus mochilas de colegio cargadas de libros, con sus camas por hacer, con su regusto del fin de semana, con su nevera vacía, con su lista de quehaceres, con su barra de pan de vuelta a casa, con su cansancio crónico.

Enero es volver a andar sobre tus propios pasos, sobre los pasos de la gente. Enero es mirarte en el espejo y verte cara de gente; es sentir que las personas de dientes blancos que te sonríen desde las marquesinas son extraterrestres que viven muy lejos; es hacer cola en la oficina de Correos y verte como a un número; es pensar que tienes pendiente pedir cita con el médico de cabecera y no pedirla, tampoco hoy.  

Enero es un lunes largo, que quizá solo tiene sentido si quien lo transita no pierde sus ganas de renovarse, de hacer las cosas mejor o de forma diferente, de buscar nuevos caminos para llegar a otras metas, de dar pasos firmes y valientes que le acerquen a lo que le gusta. Porque enero es también renovar el vestuario en rebajas, comprar nuevas sábanas y toallas. E igual que renuevas tu casa y tu aspecto, enero te da la oportunidad de abrir nuevos caminos, tener nuevas esperanzas e ilusiones, esforzarte en algo que te gusta, preparar terrenos para lo que venga, adelantarse a la vida antes de que la rutina y la costumbre te atropellen. Es una buena atalaya, una buena oportunidad para preparar el camino. Para sembrar.  

Enero es una buena oportunidad para volver a aprender a andar. Para dejar por un tiempo de andar de modo automático y tomar consciencia de estar pisando ahora con el pie derecho, ahora con el izquierdo. Enero es renovarse o morir; es seguir pedaleando preguntándote a dónde quieres llegar.

Pero se nos acabó enero. Y, en muchos casos, seguimos volviendo a casa al mediodía comiendo el currusco de una barra de pan sin saber aún qué queremos ser en febrero, sin saber qué queremos ser de mayores.

Como entrar en un bosque oscuro

Me adentro en la escritura de un texto como si entrara en un bosque oscuro, linterna en mano, sin saber qué me voy a encontrar. El proceso de creación siempre es un descubrimiento para mí.

Hay muchas formas de escribir libros. Se pueden escribir con la cabeza llena de respuestas, teniendo claro antes de escribir qué se va a decir, con el guion de la obra preparado. O se pueden escribir con la cabeza abarrotada de preguntas, buscando respuestas en el propio proceso de creación.

Pertenezco al segundo grupo. Para mi empezar a escribir un libro es entrar en un espacio oscuro. Cuando he empezado a escribir una novela o un cuento nunca he tenido muy claro lo que quería contar. Siempre siento que merece escribir precisamente por lo que voy a descubrir en el proceso, como si alguien en mi interior me dijera: si ya sabes lo que vas a contar ¿para qué escribir un libro? Siempre he seguido una especie de intuición y, en lugar de un guion, he tenido entre manos una gran curiosidad por descubrir algo.

Y una imagen.

Todo comienza con una imagen. Es lo único que tengo muchas veces antes de escribir una novela o un cuento. Cuando comencé a escribir “Las manos de mi madre” solo contaba con la imagen de las manos de una madre sobre una sábana y una hija mirándolas fijamente, viendo en sus venascarreteras llenas de curvas, y esperando leer algo en ellas.  Naturalmente, dentro de mí había muchos significados que yo aún no conocía y que fueron liberados por el propio proceso de escritura. El germen de “La casa del padre” también fue una imagen: Un hombre mirando una cafetera eléctrica, pensando en que es un elemento obsoleto en la moderna cocina de su nueva casa; observando su goteo lento, sintiendo que él también está perdiendo sustancia y quedándose anticuado en un mundo cambiante. La lectura atenta de esa imagen, el intento de descifrar y liberar su significado me ha guiado en la escritura de esta novela.

“La casa del padre” es una novela que me ha costado escribir. El hecho de que escriba en una primera fase sin guion ha tenido que ver en ello, pero también la preocupación por mostrar la complejidad del mundo y de las personas que viven en él y no caer en generalizaciones ni simplificaciones de la realidad. Dice Alice Munro que para ser interesante, una idea debe tener alguna complejidad moral, más que una arista. Y según Milan Kundera “una novela te enseña que el mundo es más complicado de lo que tú crees”. El gran reto para mí ha sido huir de los personajes planos y explicar su complejidad, por lo que he hecho un gran esfuerzo en mostrar sus contradicciones.

Otra preocupación durante la escritura de esta novela ha sido el movimiento. ¿Cómo hacer para representar en un texto un mundo y unas conciencias en movimiento constante? Sin duda, la evolución de los personajes, su cambio de perspectiva, las revelaciones sobre el lugar desde el que han mirado al mundo, la toma de conciencia de aspectos como la influencia que los mandatos de género han tenido en sus vidas… Todo ello me ha ayudado a que la novela no acabe siendo una fotografía, sino un artefacto en movimiento.

Se trata de una novela con muchas aristas, muchos hilos, historias que se cruzan, viajes del presente al pasado… Mantener la unidad del texto ha sido otro de los grandes retos en el proceso de escritura. He intentado que todo esté hilvanado, todos los elementos interconectados, al servicio de un fin concreto.  He intentado crear un texto en el que, si se cambia un elemento, si se mueve algo, todo se mueve. Y la precisión, la imagen concreta, la visualización, mostrar en lugar de contar… También han estado muy presentes en mi cabeza, como si me rondara esa frase de Carson McCullers que asegura que “algunas buenas novelas son tan precisas como un número de teléfono”.

Dos de los personajes de esta novela son escritores. “La casa del padre” supone también una reflexión sobre la escritura. Sobre esas “palabras de plomo” que aparecen en el proceso de creación, frente a las “palabras de bisutería”, ligeras que no pesan, y que utilizamos con mucha frecuencia en nuestro día a día.

Se puede escribir, como he dicho al inicio, con la cabeza llena de preguntas o con la cabeza llena de respuestas. Se puede también escribir mostrando el salón de nuestra casa, ese atrezzo en el que proyectamos la imagen que queremos dar de nosotros mismos; o mostrando el desván, ese lugar oscuro en el que no sabemos ni lo que tenemos, donde todo está desordenado y se ocultan algunos de nuestros secretos o sueños inconfesables.

En “La casa del padre” he intentado mostrar el desván de los personajes, sus sueños ocultos y, sobre todo, sus palabras no dichas. Esas palabras de plomo, que aparecen solo cuando baja la marea, cuando quedan a la vista las rocas escondidas bajo el agua, como dice la propia novela:

 

“Quizás por eso es peligroso escribir. Es una peligrosa marea baja que deja a la vista las rocas escondidas bajo el agua. Y lo que aparece no siempre nos gusta. Porque con la marea baja desaparecen las palabras que utilizamos cuando estamos a flote, las que sobreviven como una colchoneta sobre la superficie; y aparecen esas otras, las que pesan como el plomo, las que están en el fondo y solo se ven con la marea baja. Y junto a esas palabras aparecen plásticos, tetrabriks, latas de Coca-Cola oxidadas, el cartucho de una escopeta, un salvaslip hinchado como el cuerpo de un ahogado. Lo que aparece cuando escribimos no siempre nos gusta”. 

Más allá

Dice que no sabe por qué la gente le habla tanto. No sabe por qué se le acercan y le cuentan sus cosas. “Si hay un borracho en el bar, siempre acaba contándome su vida a mi. No sé por qué, es como si tuviera un imán”, me dice, mirándome fijamente a los ojos, con esa manera que él tiene de mirar que parece que traspasa tus ojos, como si en lugar de mirar a tus pupilas, estuviese viendo tus pensamientos en una pantalla de Cinexin.

Dice que no sabe por qué la gente acaba contándole cosas que no cuentan a cualquiera, que no sabe por qué confían y se fían tanto de él incluso quienes le conocen poco. Él no lo sabe, pero creo que su gran secreto es una cualidad muy sencilla, incluso natural en los seres humanos, pero no tan común. El secreto es que él mira más allá de tu piel, de tu aspecto, de tus ojos cuando te mira. El secreto es que en su mirada delata cierta curiosidad por la persona que tiene enfrente, por lo que guarda dentro. Las personas no son para él un espejo en el que se mira a sí mismo. Él no está pensando en lo siguiente que te va a decir mientras hablas, ni en la cara que vas a poner cuando se lo digas. Él escucha. Escucha con los oídos y con lo ojos. Algo tan simple y tan natural y cada vez menos común en esta sociedad del selfie y del monólogo, en la que nos dedicamos cada vez más a escucharnos a nosotros mismos y cada vez tenemos menos curiosidad por quien tenemos enfrente.

Como dice una buena amiga mía, ocurre que lo normal se ha convertido en excepcional. Y es por eso que cuando sentimos que alguien hace algo tan natural y humano como escucharnos, cuando alguien nos mira más allá de nuestros ojos, sentimos un imán hacia él o hacia ella y, sin darnos cuenta, le hablamos con palabras verdaderas, las que nos salen de dentro. Porque sentimos que alguien ha mirado allí, simplemente ha mirado con curiosidad, a ese precipicio, ese lugar en el que realmente somos.

Una vez

Cosas que has hecho solo una vez en la vida. Escuchaba el otro día en voz de la actriz Miren Gaztañaga un extracto de la obra teatral Ezekiel en la que el protagonista se preguntaba sobre las cosas que ha hecho una sola vez en la vida y ponía algunos ejemplos como “correr desnudo por la nieve”. Si nos preguntan por cosas que hemos hecho solo una vez en la vida, respondemos con situaciones excepcionales: Acudir como invitada a una boda en Japón, subir escalando una cascada congelada…

Sin embargo, todo lo que nos sucede en la vida nos sucede solo una vez. Esa vez. Todo lo que ocurre, existe únicamente en ese momento y no se repite nunca más en la vida, aunque volvamos a hacer algo parecido o incluso idéntico. Solo está ocurriendo ahora, no va a volver a ocurrir.

Podemos encontrarnos con una persona muchas veces, en los mismos sitios, a las mismas horas, pero cada encuentro será único y no volverá a suceder. Ser consciente de ello, sin duda, nos hace vivir con más intensidad, con más emoción.

Llegan unas fechas que provocan felicidad y alegría en mucha gente pero que también deprimen a muchas personas. Ojalá pase cuanto antes, desean, cuando llega la Navidad. No sé si les sirve de consuelo, pero quizás pensar que lo que ocurra en la cena de Nochebuena o en la comida de Navidad solo va a ocurrir una vez y no se va a repetir pueda ayudarles a llevarlo mejor. Apreciar que quizá al año siguiente pueda faltar alguien en esa mesa, o que las condiciones en las que se encuentren no sean las mismas.

Quizá la alternativa pueda ser intentar poner todos nuestros sentidos en lo que estamos haciendo en cada momento, como si estuviésemos corriendo sin ropa por la nieve o bebiendo sake en una boda japonesa. Con curiosidad, con atención, intentando que el velo de la rutina no oscurezca el paisaje.

Cosas que has hecho solo una vez en la vida. Lo que he hecho hoy, por ejemplo. Lo que estoy haciendo ahora mismo.

Fácil

Ese camarero que antes de que llegues a la barra ya te está mirando para poder servirte cuanto antes, sin que tengas que esperar; esa compañera de trabajo que te cubre para que te puedas tomar un café o que desvía tu teléfono al suyo cuando te ve cargada de trabajo; ese vecino que te riega las plantas cuando te vas de vacaciones; esa profesora que tiene la paciencia de volverte a explicar la lección pero de otra forma, para que la puedas entender mejor; esa amiga que te propone quedar cerca de tu casa en lugar de en el centro porque sabe que los viernes estás muy cansada; esa compañera que encarga el restaurante cuando vais de cena o piensa en cuál puede ser el mejor regalo que le vais a hacer a alguien; esa amiga que te dice no con la cabeza en el probador de esa tienda de quinceañeras y te lleva a una tienda de ropa como para ti…

Son todas ellas personas facilitadoras. Una especie de engrase que la maquinaria de la vida nos regala a veces. Gente que nos hace la vida más fácil. La ya de por sí complicada vida. Porque no estoy para nada de acuerdo con esa frase (que seguramente en alguna época de mi vida yo también habré utilizado) de que la vida es sencilla y nosotros y nosotras la complicamos. No. Nosotros y nosotras también somos la vida, y la vida es complicada. ¿Cómo no va a ser complicada cuando cada una de las personas tiene intereses, gustos y opiniones diferentes y tenemos que convivir? ¿Cómo no va a ser complicada cuando ya cada persona tiene bastante con intentar darle un sentido a su vida?  ¿Cómo no va a ser complicada cuando la realidad muchas veces nos impide realizar nuestros sueños? La vida es complicada. Así que lo mejor que se puede hacer es intentar rodearse de personas facilitadoras. Son el regalo de cada día. Esa persona que te sonríe en el metro o en el autobús, como diciéndote: sí, yo también estoy perdida, pero vamos a hacer por lo menos que esto sea agradable. Lo más fácil posible.

Erraza

Zerbitzari hori, barrara iritsi aurretik zuri begira dagoena, itxaron beharrik izan ez dezazun; lankide hori, lanez lepo zaudenean zure telefonoa berera desbideratzen duena; oporretara zoazenean etxeko landareak ureztatzen dizkizun auzokidea; ikasgaia berriz azaltzeko pazientzia duen irakasle hori, modu batera ulertzen ez baduzu beste modu batera azalduko dizuna; hiriaren erdialdean geratu ordez, zure etxetik gertu geratzea proposatzen dizun lagun hori, badakielako ostiral honetan oso nekatuta zaudela; afari bat antolatzen duzuenean jatetxea enkargatzen duen lankide hori; lagun bati egingo diozuen oparirik onena zein izan daitekeen pentsatzeko denbora hartzen duen laguna; arropa denda bateko aldagelan buruarekin ezetz egiten dizun lagun hori, nerabeentzako denda horretatik irtenarazi eta zure adinekoentzako moduko arropak dituen dendara laguntzen dizuna…

Denok ezagutzen dugu pertsona horietako bat. Bizitza errazten diguten pertsonak dira. Bizitzaren makineria koipeztatzen duen noizbehinkako oparia dira. Izan ere, bizitza berez zaila da.  Ez nago batere ados esaldi honekin: bizitza erraza da berez, guk konplikatzen dugu. Eta ziur nire bizitzaren garairen batean erabili dudala. Baina gu ere bizitza gara, eta bizitza konplikatua da. Nola ez da konplikatua izango pertsona bakoitzak interes, gustu eta iritzi desberdinak dituenean eta elkarrekin bizi behar dugunean? Nola ez da zaila izango pertsona bakoitzak bere bizitzari zentzu bat ematearekin nahikoa duenean? Nola ez da konplikatua izango errealitateak askotan gure ametsak gauzatzea eragozten digunean? Bizitza zaila da. Beraz, egin daitekeen onena bizitza errazteko gaitasuna duten pertsonez inguratzea da. Egunerokoak ematen digun oparietako bat dira. Metroan edo autobusean irribarre egiten dizun pertsona hori, esanez bezala: bai, ni ere galduta nago, baina egin dezagun ahalegina gutxienez hau atsegina izan dadin. Egin dezagun bizitza konplikatu hau ahalik eta errazena.