Emozio gorpuztua

Poza hainbeste jenderen lana Euskal Herriko Unibertsitateak argitaratutako liburu honetan gorpuztua ikustean. Ohore handia da niretzat. Eskerrik asko bihotzez Marijo Olaziregi eta Amaia Elizalderi, artikulua idazteaz gain egin duzuen edizio lanagatik; Bartzelonako Unibertsitate Autonomoko  Meri Torrasi, Renoko Unibertsitateko Larraitz Ariznabarretari, Deustuko Unibertsitateko María Pilar Rodríguezi, Nebraskako Unbertsitateko Iker Gonzalezi, eta EHUko Miren ibarluzea eta Ane Villagrani.  

Qué alegría ver el fruto del trabajo de tanta gente en este libro publicado por la Universidad del País Vasco. Es un gran honor para mí. Gracias de corazón a Marijo Olaziregi y Amaia Elizalde, además de por vuestros artículos, por la labor de edición;  a Meri Torras, de la Universidad Autónoma de Barcelona; a Larraitz Ariznabarreta, de la Universidad de Reno; a María Pilar Rodríguez, de la Universidad de Deusto; a Iker González, de la Universidad de Nebraska; y a Miren Ibarluzea y Ane Villagrán, de la UPV. Eskerrik asko guztioi! 

Un pañuelo mojado en saliva

(Artículo publicado en el suplemento Babelia de El País el 02-04-2021)

Miras las manos de tu madre. Sigues atentamente con la mirada las rutas que marcan sus venas, como si así pudieras llegar al origen de algo. Quizás escribes sobre ella por esa misma razón, porque confías en que, llegando al germen, al molde del que has salido, encontrarás por fin alguna pista sobre quién eres y cómo te has construido mientras vivías, sin ser consciente de ello, en aquellas manos. 

¿Por qué escribimos de nuestra madre, de nuestro padre? Tal vez sea un intento de recuperar aquella voz que hemos utilizado siempre con ellos. Una voz arriesgadamente íntima que no nos sale con nadie más. Quizás intuimos que, en ese timbre, ese tono, se esconde alguna verdad y confiamos en que, recobrándola a través de la escritura, podremos llegar a la muñeca rusa más pequeña de todas, la que se esconde tras las capas que nos hemos ido poniendo encima con los años.

Recuerdo que, de pequeña, un día mi madre me sacó de casa con tanta prisa que salí en zapatillas. Cuando me di cuenta, ya en la calle, le supliqué que volviéramos, pero se negó, llegábamos tarde al médico. Nadie se va a dar cuenta, me dijo. Nunca he olvidado aquel sentimiento tan profundo de vergüenza. Me hubiese cortado los pies para que el mundo no me viera con aquellas zapatillas de felpa. 

Hablar de nuestros padres es una manera de dejar de mostrar a los invitados el salón de nuestra casa para enseñarles el patio donde colgamos la ropa. Es mostrarnos en zapatillas de casa. Es abrir la puerta de un 5º C o un 4º D y compartir su olor, sus voces, el ruido de las cazuelas, del batir de huevos, el sonido de fondo del Telediario en el televisor… Es coger entre las manos esa foto de tu comunión que tus padres aún tienen sobre el mueble del salón, poner tu mano derecha sobre ella, como si fuera una Biblia, y proclamar: Juro decir la verdad y nada más que la verdad. 

Escribir tiene mucho de encontrar lo extraordinario y lo misterioso en lo familiar, en lo cotidiano, porque es ahí donde se esconden las verdades, y hablar de nuestros padres nos lleva irremediablemente a ese espacio íntimo, a ese álbum familiar de fotos que describe con tanta precisión el gran Rafael Berrio en una de sus canciones. 

Allí encontramos lo que nos dijimos, pero, sobre todo, lo que nos dejamos sin decir. Y esos silencios familiares, todas las palabras no dichas a nuestros padres, esas lagunas que tanto escuecen, sobrevuelan la necesidad de escribir sobre ellos. 

Escribes de tu madre o de tu padre cuando al entrar en su casa te encuentras telarañas en el cierre de la dentadura, como canta Quique González, y sabes que llegas tarde. Cuando el silencio familiar, al no haberse rectificado a tiempo, se ha convertido ya en cemento. 

Se puede escribir sobre tus padres desde el ajuste de cuentas como hizo Kafka; desde el homenaje, como ha hecho Manuel Vilas; desde la comprensión, como Elvira Lindo; desde un apego feroz, mezcla de odio y amor, como Vivian Gornick; desde la búsqueda de la mujer que se esconde tras la madre, como Annie Ernaux; o desde la añoranza por seguir siendo el niño que vive en las manos de su madre, como Antonio Gamoneda. 

Pero se escribe sobre todo desde la culpa. La culpa es uno de los grandes motores que nos impulsan a escribir sobre nuestros padres. La culpa por no haberlos visto a pesar de haber estado a su lado todo el tiempo, por haber sepultado sus nombres bajo unos rígidos y pesados roles de madre y padre. 

En la mayoría de los casos ese sentimiento de culpa se acrecienta cuando miramos a la madre, porque somos conscientes de que el padre por lo menos ya tenía un nombre fuera, era alguien con sus compañeros de trabajo o con los amigos con los que se tomaba unos vinos. 

Escribir sobre nuestra madre es también destapar la realidad de aquellas mujeres a las que en su cumpleaños se les regalaba una plancha. 

Escribes sobre tu madre cuando, tras su muerte, abres su armario y sientes la necesidad de rellenar con un cuerpo de mujer esos cuellos y esas mangas que cuelgan de las perchas; de adivinar para quién se ponía el collar de perlas que encuentras en su joyero; de preguntarte si alguna vez estuvo enamorada de tu padre o deseó a algún otro hombre. Es buscar a la mujer, a la persona, bajo ese fantasma que cuelga tras la puerta de su habitación en forma de bata de casa. 

No es casualidad que escribamos de nuestros padres, sobre todo, a partir de una edad, cuando mueren o cuando no los reconocemos en esos ojos empequeñecidos por la vejez. Creo que el desamparo que sentimos al ser conscientes de que ya no seremos más el niño o a la niña al que cuidaban, que nadie nos va a cuidar nunca más así, es precisamente, otra de las grandes razones que nos lleva a escribir sobre ellos.

Se escribe desde ese vacío, desde esa orfandad. Porque lo que más añoramos de nuestra infancia no son las pagas del domingo, ni jugar al escondite por la casa, ni merendar con margarina. Lo que realmente echamos en falta a partir de una edad es tener la seguridad de que siempre habrá alguien con un pañuelo mojado en saliva dispuesto a limpiar los restos de desayuno de nuestros labios. 

Eskerrik asko

Aitaren etxea nobelak Euskadi Literatura Saria irabazi duela ta, eskerrak eman nahi dizkiet sariaren epaimahaiko kide guztiei, Elkar algitaletxeari, liburu-saltzaileei ta bereziki irakurleei, liburua argitaratu zenetik sentitu baitut haien babesa eta konpainia. Eskerrik asko!

Tras la concesión del Premio Euskadi de Literatura a la novela Aitaren etxea, quiero dar las gracias a quienes han compuesto el jurado del premio, a la editorial Elkar, a las y los libreros por su apoyo, y en particular, a las y los lectores, a quienes he sentido muy cerca desde que se publicó el libro. Eskerrik asko!

Como entrar en un bosque oscuro

Me adentro en la escritura de un texto como si entrara en un bosque oscuro, linterna en mano, sin saber qué me voy a encontrar. El proceso de creación siempre es un descubrimiento para mí.

Hay muchas formas de escribir libros. Se pueden escribir con la cabeza llena de respuestas, teniendo claro antes de escribir qué se va a decir, con el guion de la obra preparado. O se pueden escribir con la cabeza abarrotada de preguntas, buscando respuestas en el propio proceso de creación.

Pertenezco al segundo grupo. Para mi empezar a escribir un libro es entrar en un espacio oscuro. Cuando he empezado a escribir una novela o un cuento nunca he tenido muy claro lo que quería contar. Siempre siento que merece escribir precisamente por lo que voy a descubrir en el proceso, como si alguien en mi interior me dijera: si ya sabes lo que vas a contar ¿para qué escribir un libro? Siempre he seguido una especie de intuición y, en lugar de un guion, he tenido entre manos una gran curiosidad por descubrir algo.

Y una imagen.

Todo comienza con una imagen. Es lo único que tengo muchas veces antes de escribir una novela o un cuento. Cuando comencé a escribir “Las manos de mi madre” solo contaba con la imagen de las manos de una madre sobre una sábana y una hija mirándolas fijamente, viendo en sus venascarreteras llenas de curvas, y esperando leer algo en ellas.  Naturalmente, dentro de mí había muchos significados que yo aún no conocía y que fueron liberados por el propio proceso de escritura. El germen de “La casa del padre” también fue una imagen: Un hombre mirando una cafetera eléctrica, pensando en que es un elemento obsoleto en la moderna cocina de su nueva casa; observando su goteo lento, sintiendo que él también está perdiendo sustancia y quedándose anticuado en un mundo cambiante. La lectura atenta de esa imagen, el intento de descifrar y liberar su significado me ha guiado en la escritura de esta novela.

“La casa del padre” es una novela que me ha costado escribir. El hecho de que escriba en una primera fase sin guion ha tenido que ver en ello, pero también la preocupación por mostrar la complejidad del mundo y de las personas que viven en él y no caer en generalizaciones ni simplificaciones de la realidad. Dice Alice Munro que para ser interesante, una idea debe tener alguna complejidad moral, más que una arista. Y según Milan Kundera “una novela te enseña que el mundo es más complicado de lo que tú crees”. El gran reto para mí ha sido huir de los personajes planos y explicar su complejidad, por lo que he hecho un gran esfuerzo en mostrar sus contradicciones.

Otra preocupación durante la escritura de esta novela ha sido el movimiento. ¿Cómo hacer para representar en un texto un mundo y unas conciencias en movimiento constante? Sin duda, la evolución de los personajes, su cambio de perspectiva, las revelaciones sobre el lugar desde el que han mirado al mundo, la toma de conciencia de aspectos como la influencia que los mandatos de género han tenido en sus vidas… Todo ello me ha ayudado a que la novela no acabe siendo una fotografía, sino un artefacto en movimiento.

Se trata de una novela con muchas aristas, muchos hilos, historias que se cruzan, viajes del presente al pasado… Mantener la unidad del texto ha sido otro de los grandes retos en el proceso de escritura. He intentado que todo esté hilvanado, todos los elementos interconectados, al servicio de un fin concreto.  He intentado crear un texto en el que, si se cambia un elemento, si se mueve algo, todo se mueve. Y la precisión, la imagen concreta, la visualización, mostrar en lugar de contar… También han estado muy presentes en mi cabeza, como si me rondara esa frase de Carson McCullers que asegura que “algunas buenas novelas son tan precisas como un número de teléfono”.

Dos de los personajes de esta novela son escritores. “La casa del padre” supone también una reflexión sobre la escritura. Sobre esas “palabras de plomo” que aparecen en el proceso de creación, frente a las “palabras de bisutería”, ligeras que no pesan, y que utilizamos con mucha frecuencia en nuestro día a día.

Se puede escribir, como he dicho al inicio, con la cabeza llena de preguntas o con la cabeza llena de respuestas. Se puede también escribir mostrando el salón de nuestra casa, ese atrezzo en el que proyectamos la imagen que queremos dar de nosotros mismos; o mostrando el desván, ese lugar oscuro en el que no sabemos ni lo que tenemos, donde todo está desordenado y se ocultan algunos de nuestros secretos o sueños inconfesables.

En “La casa del padre” he intentado mostrar el desván de los personajes, sus sueños ocultos y, sobre todo, sus palabras no dichas. Esas palabras de plomo, que aparecen solo cuando baja la marea, cuando quedan a la vista las rocas escondidas bajo el agua, como dice la propia novela:

 

“Quizás por eso es peligroso escribir. Es una peligrosa marea baja que deja a la vista las rocas escondidas bajo el agua. Y lo que aparece no siempre nos gusta. Porque con la marea baja desaparecen las palabras que utilizamos cuando estamos a flote, las que sobreviven como una colchoneta sobre la superficie; y aparecen esas otras, las que pesan como el plomo, las que están en el fondo y solo se ven con la marea baja. Y junto a esas palabras aparecen plásticos, tetrabriks, latas de Coca-Cola oxidadas, el cartucho de una escopeta, un salvaslip hinchado como el cuerpo de un ahogado. Lo que aparece cuando escribimos no siempre nos gusta”.