Belleza

Subo al autobús y miro a las caras de la gente. Gente con el rostro serio de la rutina y de los sueños sin cumplir. Miro después por la ventana al conductor de un coche que fuma con ansiedad, y más que consumirse el cigarro, da la impresión de que se está consumiendo a sí mismo dentro de esa nube de humo y mal humor. En la siguiente parada, veo a una mujer que se muerde las uñas mientras mira al infinito. Se muerde sus propias preocupaciones. Del portal que hay a unos metros una pareja sale chillándose mutuamente ante la atenta mirada de su hija. Veo los ojos de angustia de una mujer que empuja con un brazo el carro de una niña, mientras del otro le cuelga otro niño que berrea porque no quiere ir a clase. Una adolescente cruza el paso de cebra llorando mientras habla por su móvil.
Miro alrededor y, lo siento, pero veo mucho sufrimiento. Veo las caras gastadas por la vida y sus preocupaciones, manos y miradas ajadas, dientes apretados por la intensidad de la lucha diaria.
Y esta realidad choca frontalmente con la que me muestran las marquesinas por las que paso, las fotos de las revistas, o las imágenes de felicidad, disfrute y perfección que me muestran los anuncios de la televisión. Cómo es posible, pienso, que la brecha sea tan profunda, que el choque sea tan brutal. Cómo es posible que hayamos llegado a creer que esa belleza ficticia que nos venden es real y que lleguemos a sentirnos hasta culpables y castigarnos por no parecernos a esa imagen ideal, por no tener ese cuerpo, esa sonrisa, esa vida. Pienso en cuánta belleza engañosa nos venden y lo poco que se parece a la realidad en la que tanta gente sufre.
Y, sin embargo, bajo del autobús, cruzo la carretera y veo que al árbol de la acera de enfrente le han salido esas florecillas blancas que anuncian la inminente llegada de la primavera. Y entonces pienso, sí, existe una belleza real, una belleza que podemos intuir en esas flores, o en la música, en el arte, en un abrazo, en un gesto solidario, en unas risas compartidas, en un beso sincero, en la satisfacción del trabajo bien hecho, en el olor de nuestra piel bajo el sol… Una belleza que no, no cabe en las marquesinas publicitarias, y que sí, nos enseña que merece la pena seguir.

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